El campo argentino sigue siendo, a pesar de los vaivenes de la macroeconomía y la aparición de nuevos sectores productivos, el motor de la balanza comercial del país. De acuerdo con un informe reciente de la Fundación FADA, seis de cada diez dólares que ingresan a la Argentina por exportaciones provienen del agro y sus complejos industriales. En diálogo con este medio, el economista Mike Palou explicó las razones detrás de este peso estratégico y los desafíos que enfrenta el sector para sostener su protagonismo en la generación de divisas.
“Yo siempre digo que el agro argentino combina tres factores muy difíciles de replicar en otros sectores productivos y, sobre todo, en aquellos vinculados a la exportación: escala, productividad y encadenamiento”, destacó Palou. Para graficar este punto, mencionó el complejo oleaginoso, que procesa más del 80% de la soja producida en el país y coloca harina, aceite y biodiésel en los principales mercados internacionales. “La soja procesada representa aproximadamente el 21% de las exportaciones totales y el poroto otro 5%. Esa diversificación y capacidad de procesamiento son diferenciales que otros sectores aún no tienen”, agregó.
En comparación con industrias emergentes como el litio o Vaca Muerta, Palou remarcó que el agro ya cuenta con una ventaja decisiva: una estructura instalada y un conocimiento acumulado durante décadas. “Vaca Muerta y el litio tienen un potencial enorme, pero todavía están en la curva de maduración. Requieren inversiones que aún no llegaron en la magnitud necesaria y no han desplegado todo su potencial. El agro, en cambio, ya tiene mercados explorados y abiertos, una logística aceitada y mantiene competitividad incluso en escenarios adversos”, sostuvo.
Esa capacidad instalada se traduce en inversiones significativas. Según estimaciones, el agro invertirá en 2024 alrededor de 55.000 millones de dólares, cifra que muestra el peso estructural del sector en la economía argentina. “Más allá de la volatilidad de precios o las condiciones climáticas, el agro sigue siendo el motor central del ingreso de divisas. No me sorprende, porque los otros sectores todavía no alcanzan ese nivel de desarrollo”, enfatizó Palou.
Consultado sobre la evolución histórica de la participación del campo en las exportaciones, el economista señaló que la tendencia se mantiene relativamente estable en torno al 55-65% del total exportado. “No es explosiva por un factor clave: la falta de inversión. Si comparamos con Brasil, la diferencia es elocuente. En 1999, Brasil producía 30 millones de toneladas de soja y hoy está cerca de 190 millones. Argentina producía 25 millones y hoy apenas supera los 53. El diferencial pasó de 6 millones a más de 130 millones de toneladas. Eso se explica por las políticas de inversión, financiamiento y estabilidad que Brasil supo sostener y que en Argentina nunca se consolidaron”, explicó.
El complejo soja continúa siendo el corazón del aporte exportador. “La harina y el aceite de soja explican más del 50% de las exportaciones agroindustriales. Luego se suman maíz, trigo, y en los últimos años el maní comenzó a tener un crecimiento importante, al punto de considerarse un emergente. También las carnes y los lácteos han ganado espacio, especialmente con la demanda de China, aunque su participación sigue siendo acotada en comparación con la soja”, detalló Palou.
Respecto al impacto de la baja de retenciones, consideró que si bien tuvo efectos, no cambia el rol estructural del campo en la economía. “El aporte del agro excede a las medidas coyunturales. La reducción de retenciones aceleró algunas decisiones de inversión, que era el objetivo, pero lo que realmente se modifica es la rentabilidad relativa entre cultivos y márgenes del productor. Con o sin retenciones, el agro argentino va a seguir generando divisas. El problema es que, sin previsibilidad ni competitividad macroeconómica, esa capacidad queda limitada”, señaló.
Para Palou, el verdadero desafío está en el plano macroeconómico. “Más allá de lo productivo, lo que complica es la falta de un programa económico integral que dé señales de largo plazo a los sectores productivos. Si no se gana competitividad por otras vías, es muy difícil que el agro despliegue todo su potencial. Cuando hay menor presión fiscal y esa baja es permanente, sí se puede generar una aceleración en la inversión. Pero hoy el escenario obliga al productor a pensar en el corto plazo”, advirtió.
Finalmente, el economista se refirió a las oportunidades que el país podría aprovechar para diversificar su perfil exportador. “Hay margen, eso es indiscutible. El agro puede ganar competitividad a través de la biotecnología, la bioeconomía, el desarrollo de proteínas animales y vegetales, o con economías regionales que mejoren su trazabilidad y certificaciones. Todo eso genera diferenciación de producto y abre mercados. Pero el gran desafío sigue siendo macroeconómico: si el contexto no acompaña, esas inversiones se postergan”, concluyó Palou.
Así, en un país donde la estabilidad económica es todavía un horizonte lejano, el campo se mantiene como el sostén principal de la balanza comercial. Su aporte de 6 de cada 10 dólares que ingresan al país refleja no solo su peso histórico, sino también la necesidad de políticas que potencien su competitividad y permitan transformar su capacidad instalada en un motor aún más robusto para la economía argentina.













