Mientras el trigo y la cebada siguen ocupando el centro de la escena en las rotaciones invernales del NOA, un cultivo hasta hace poco poco conocido comienza a despertar interés y sumar superficie: la colza, también llamada canola. Oleaginosa de la familia de las crucíferas, con fuerte presencia en Europa y China, se perfila hoy en Tucumán como una opción que no solo aporta renta, sino que mejora la sustentabilidad de los sistemas agrícolas.
“El principal uso que le damos en nuestra zona es la producción de aceite para biocombustible de aviones, pero también tiene un alto valor en alimentación animal por el contenido proteico de su harina. Es un cultivo de gran utilidad”, explica el ingeniero Adriano Gómez, jefe de zona sur de Agro Ganadera del NOA, quien desde 2023 impulsa la siembra de colza en el sur tucumano.
La experiencia local todavía es incipiente, pero los números crecen. “En Tucumán llevamos tres campañas sembrando y ya llegamos a unas 1.200 hectáreas en toda la región. Cada año va creciendo un poquito más”, detalla Gómez, destacando zonas como La Cocha, Los Altos y sectores del este tucumano-santiagueño, además de incursiones hacia el norte en Salta. “Es un cultivo que se va conociendo y que empieza a despertar interés en más productores”, añade.
La colza se integra bien en los planteos agrícolas porque ofrece beneficios agronómicos que van más allá de su rentabilidad directa. “Como todos saben, la rotación de cultivos es fundamental tanto por cuestiones ambientales como por el manejo de plagas y suelos. La colza es una buena alternativa de diversificación y, además, deja los lotes muy limpios gracias a su efecto alelopático sobre malezas. A la salida del cultivo, los campos quedan en excelentes condiciones”, resalta el especialista.
Sin embargo, no todo es sencillo. El ingeniero advierte que el manejo de la siembra es clave y que la ventana de implantación es corta. “La fecha ideal es entre el 15 de abril y el 15 de mayo. Ese período es inamovible y representa una de las principales limitantes en la región, porque coincide con la cosecha de soja. Si uno se pasa, ya no logra el mismo resultado”, advierte Gómez.
El manejo de la semilla, muy pequeña, requiere precisión. “Se siembran entre 3 y 3,5 kilos por hectárea, a no más de 2 o 3 centímetros de profundidad y con buena humedad. Esa correcta implantación es gran parte del éxito del cultivo”, señala. Como se trata de una oleaginosa relativamente nueva en la zona, todavía no hay muchas herramientas específicas para control de malezas o plagas, aunque se avanza en generar conocimiento. “Las plagas no son muchas; la principal es un lepidóptero llamado plutela, pero no representa un problema mayor frente a lo que ya estamos acostumbrados en otros cultivos”, explica.
Comparada con alternativas tradicionales, la colza no presenta grandes diferencias en el ciclo. “La siembra es en abril-mayo y la cosecha se da entre mediados de octubre y principios de noviembre, incluso un poco antes que el trigo. Los híbridos han ido mejorando mucho: al principio usábamos ciclos intermedios a largos, y hoy ya contamos con materiales de ciclo corto que se adaptan mejor a la ventana de siembra de la región”, comenta Gómez. Los rendimientos, por su parte, empiezan a ser promisorios: “Un buen rendimiento en la zona está en el orden de los 1.400 a 1.500 kilos por hectárea, lo cual es muy competitivo para un cultivo de invierno”.
Más allá de lo técnico, lo que entusiasma a productores y técnicos es el horizonte de mercado. Argentina, al producir contraestación respecto a los principales países exportadores de aceite de colza, podría encontrar una ventaja competitiva. “Las perspectivas son buenas. Estos cultivos generan mucho interés porque permiten diversificar y rotar, pero además porque hay demanda externa. El aceite tiene múltiples usos y el biocombustible es solo uno de ellos. Si logramos consolidar la producción, el futuro es muy prometedor”, analiza el ingeniero.
El desafío, reconoce, está en ajustar manejos y acompañar al productor con información. “Es relativamente nuevo, entonces hay un camino que recorrer. Nosotros lo estamos construyendo junto a otros técnicos y con el apoyo de la Estación Experimental. Lo más importante es que el productor vea que es posible, que se anime a probar y que cuente con un buen asesoramiento”, sostiene Gómez.
Con la experiencia acumulada, el especialista no duda en que la colza llegó para quedarse en los inviernos tucumanos. “Obviamente, habrá que ver hasta dónde se puede crecer en superficie, pero no tengo dudas de que se va a consolidar como un cultivo más dentro del esquema. Tiene todo para hacerlo: aporta agronomía, aporta rotación y aporta mercado. Es una alternativa real para diversificar el invierno”, afirma.
En una región que busca diversificar su matriz productiva y mejorar la sustentabilidad de sus planteos agrícolas, la colza comienza a mostrar su potencial. Los próximos años serán decisivos para confirmar si este cultivo logra consolidarse en Tucumán y el NOA, pero los primeros pasos ya están dados. Y como dice Adriano Gómez, “de a poco va creciendo y cada campaña somos más los que creemos en la colza”.













