Durante mucho tiempo el pistacho fue visto en Argentina como un cultivo exótico, reservado a pocas hectáreas y a consumidores selectos. Sin embargo, en apenas una década pasó de ocupar unas 1.000 hectáreas a alcanzar cerca de 8.000, principalmente en San Juan, donde las condiciones de suelo y clima lo posicionan como una alternativa de alto valor agregado para la agroindustria.
“El pistacho ha crecido bastante en los últimos diez años. Si bien en las últimas semanas se lo ha visibilizado más gracias a empresas que lo difunden en nuevos productos, lo cierto es que venía expandiéndose a muy buen ritmo”, señala el Dr. Eduardo Trentacoste, investigador del CONICET en San Juan y referente en el estudio de este cultivo.
La clave de este auge está en la combinación de factores productivos y económicos. Por un lado, se trata de un fruto seco muy demandado en el mundo, con precios que justifican las inversiones. Pero a la vez, no es un cultivo sencillo. “El pistacho tiene muchas particularidades que hacen que antes de entrar sea necesario tener mucho conocimiento técnico. Es un desafío para el agrónomo”, subraya Trentacoste.
Uno de los mayores retos es la paciencia: “Tarda siete años en empezar a producir las primeras cosechas. Si lo comparamos con el almendro o el nogal, que a los tres o cuatro años ya generan rendimiento, el pistacho necesita el doble de tiempo. Se estima que recién a partir del año 15 se recupera la inversión inicial y empiezan las ganancias reales. Por eso producirlo es tan costoso y explica también el alto precio del fruto”, explica el investigador.
En los primeros cuatro o cinco años, apenas aparecen frutos aislados, insuficientes para justificar una cosecha. A esa espera se suma otra particularidad biológica: “En el pistacho algunas plantas son femeninas y producen frutos, y otras son masculinas y solo dan flores. En una plantación hay que combinarlas para lograr productividad, y a veces las masculinas entran en producción más tarde que las femeninas. Esto genera situaciones en las que hay flores aptas para dar frutos, pero no hay polen disponible”, comenta Trentacoste.
Lo que hace viable al cultivo en San Juan es, justamente, su capacidad de adaptarse a zonas áridas y marginales. “El pistacho tiene una ventaja comparativa respecto de producciones como el olivo o la vid. Tolera mejor la sequía y las altas temperaturas, por eso en el sureste sanjuanino se logran cosechas de calidad y volúmenes interesantes. Estas condiciones atrajeron a muchos inversores que vieron en este fruto seco una oportunidad”, afirma el investigador.
El mercado mundial también juega un papel clave. El pistacho solo puede producirse en pocas regiones del planeta: Estados Unidos, China y países de Medio Oriente son los principales referentes. “Eso lo hace muy valioso porque la oferta es limitada. En Argentina empezamos a crecer y se estima que en cuatro o cinco años, cuando gran parte de la superficie actual entre en producción, podremos ser un actor interesante en el mercado internacional”, proyecta Trentacoste.
Hasta hace poco, casi toda la producción local se exportaba, ya que el consumo interno era reducido. Pero la tendencia está cambiando. “En los últimos años el consumo en Argentina empezó a crecer y eso es muy positivo porque permite reducir costos y generar un mercado interno más estable. La idea es apostar tanto a fortalecer la demanda local como a insertarse en el mercado externo, sobre todo en Estados Unidos, que ofrece facilidades logísticas y comerciales”, indica.
En paralelo al crecimiento productivo, avanza la investigación científica. “Hace tres años iniciamos trabajos con el INTA, el CONICET y la Universidad de San Juan para detectar los principales problemas del cultivo. El riego fue uno de los primeros temas abordados, porque es clave en una provincia con baja disponibilidad de agua. También hicimos un estudio de zonificación para identificar las áreas con mayor potencial, lo que ayuda tanto a productores como a inversores a tomar decisiones más seguras”, explica el especialista.
El agua aparece como el gran desafío hacia adelante. “El pistacho tolera la sequía, pero necesita agua. Por eso el manejo del recurso hídrico es central. Debemos determinar con precisión los requerimientos del cultivo y diseñar sistemas de riego eficientes. Esa es una de las líneas más importantes de investigación que tenemos hoy”, afirma Trentacoste.
El contexto económico también impone condiciones. No cualquier productor puede ingresar en este negocio. “El perfil del inversor es particular: debe tener un capital importante para soportar no solo los años de espera hasta que el cultivo produzca, sino también los vaivenes de la economía argentina. De todos modos, los frutos secos y en especial el pistacho ofrecen mayor estabilidad y rentabilidad que otras producciones tradicionales, por eso muchos productores están reconvirtiéndose”, observa.
Más allá de las dificultades, el balance es optimista. La superficie se multiplicó por ocho en diez años, y todo indica que seguirá en aumento. “Es un cultivo muy interesante, también por los puestos laborales que genera. Tenemos mucho por mejorar en técnicas de manejo y en calidad de la producción, pero el potencial está. San Juan tiene condiciones únicas para que el pistacho se consolide como protagonista de la agroindustria argentina”, concluye el investigador.













