En el marco del mes de la mujer rural, la voz de Paula Páez Jerez representa una síntesis del compromiso entre ciencia, docencia y territorio. Ingeniera agrónoma, doctora en Ciencias Biológicas y docente universitaria, Paula encarna una nueva generación de profesionales que conciben la agronomía como un campo de conocimiento que va mucho más allá del manejo de cultivos: un espacio donde la biología, la tecnología y la sensibilidad humana se encuentran para dar respuestas a los desafíos del agro actual.
“La biología es una parte fundamental de la agronomía, considero que es la base de todo”, explica con convicción. “Conocer la biología de un insecto, de una maleza o de un patógeno es esencial para poder diseñar una estrategia de control. Eso fue lo que más me llevó a encaminarme hacia la investigación”. Ese interés profundo por comprender los procesos naturales la condujo a especializarse en la resistencia y los costos biológicos de un insecto plaga del cultivo de soja, una línea de trabajo que lidera junto a sus estudiantes dentro de la Facultad. “Estoy súper feliz de poder trabajar en equipo con los estudiantes, desarrollando un tema que tiene mucho impacto hoy en el cultivo de soja”, asegura.
Su vínculo con la docencia nació mientras aún era estudiante, cuando ingresó como ayudante en la cátedra de Terapéutica Vegetal. “Me gustó esa interacción con los alumnos y poder contagiarles el amor por la agronomía”, recuerda. Desde entonces, no ha dejado de combinar la enseñanza con la investigación aplicada, convencida de que ambas se retroalimentan. “La habilidad clave que buscamos en los estudiantes es que desarrollen la capacidad de tomar decisiones en base a lo teórico y lo práctico, y sobre todo que confíen en sí mismos. Ellos ya tienen el conocimiento, solo necesitan afianzarlo con la experiencia”.
Esa confianza, según Paula, es lo que permite a los futuros ingenieros agrónomos actuar con criterio propio en un contexto complejo, donde muchas veces la práctica profesional está condicionada por costumbres o presiones externas. “El principal desafío para un ingeniero recién recibido es no dejarse llevar por lo que hace el otro. A veces se aplican productos solo porque al vecino le fue bien, pero las condiciones pueden ser distintas y los resultados también. Desarrollar criterio propio es clave”, sostiene.
Desde su perspectiva, el vínculo entre universidad, ciencia y sector productivo está atravesando una etapa de fortalecimiento, especialmente gracias a la participación del sector privado y al uso de las redes como herramienta de conexión. “El vínculo va mejorando. Hoy hay muchas pasantías y ofertas laborales, y gracias a las redes sociales esa información llega más fácil a los estudiantes. A veces las oportunidades estaban, pero no se conocían”, comenta.
En su rol de formadora, Paula busca inspirar a las nuevas generaciones para que se animen a transitar una carrera que, aunque exigente, ofrece múltiples posibilidades. “Que se animen, que estudien. Es un mundo fascinante, con altos y bajos, pero cuando uno trabaja con pasión todo es posible”, afirma. “La agronomía tiene muchas ramas de trabajo; no significa que solo vas a estar en el campo. Podés dedicarte a la investigación, la docencia, la biotecnología, la sanidad vegetal. La oferta laboral es muy amplia”.
En el plano social, reconoce que los cambios culturales y generacionales han transformado el lugar de la mujer dentro del agro y la ciencia. “Antes era un ambiente dominado por hombres, pero hoy eso cambió muchísimo. En la facultad hay muchas chicas, tengo muchas pasantes mujeres, y ya no hay diferencia de roles. La mujer ocupa el mismo lugar que el hombre, nos animamos a hacer de todo”, asegura. Para ella, este avance no es casual: responde a un cambio profundo de mentalidad. “Se debe a un cambio ideológico, generacional, y a que estamos más presentes en todo. Es un cambio que se nota y se celebra”.
De cara al futuro, Paula combina su trabajo académico con la investigación aplicada. Actualmente, además de su labor en la facultad y en CONICET como becaria postdoctoral, forma parte de una startup dedicada al estudio de insectos en cultivos de maíz. “Estoy trabajando también en una empresa emergente, en otra línea de investigación enfocada en maíz. Es un desafío enorme, pero me permite seguir aprendiendo y aplicar lo que hago en la universidad en un entorno productivo real”, cuenta.
Su recorrido demuestra que la ciencia y la docencia pueden ser motores de cambio en el agro argentino. Desde el aula y el laboratorio, Paula Páez Jerez impulsa una forma de hacer agronomía basada en el conocimiento, la colaboración y la pasión. “Cuando uno ama lo que hace, el trabajo se convierte en una forma de aportar algo más. No solo se trata de producir, sino de entender, enseñar y cuidar”, concluye.
En una época donde la sostenibilidad, la innovación y la inclusión marcan el rumbo del sector, su testimonio refleja una convicción que atraviesa generaciones: el futuro del agro también se cultiva en las aulas y en la ciencia.













