La irrupción de Dalbulus maidis en regiones donde históricamente no tenía peso encendió alarmas en todo el país. Lo que hasta hace pocos años se limitaba a zonas endémicas del NOA y el NEA, terminó impactando de lleno en el corazón productivo del maíz argentino. Frente a ese escenario, la reacción ya no fue individual ni aislada: la respuesta llegó desde la articulación técnica, la generación de datos y la construcción de un mensaje común. En ese proceso, la Red Nacional de Monitoreo se consolidó como una herramienta clave para entender y enfrentar al vector del spiroplasma.
“Esta aventura comienza allá por julio de 2023, en una reunión técnica, cuando nos dimos cuenta de que había que hacer algo con una plaga que había pasado de secundaria a protagonista, incluso desplazando al cogollero”, explicó el ingeniero Alejandro Vera, uno de los referentes técnicos que impulsó la iniciativa. Según recordó, en la campaña 21/22 ya se observaba un incremento del insecto, aunque sin síntomas visibles en los lotes. Esa aparente calma fue, en realidad, el preludio de un problema mucho mayor.
A partir de ese diagnóstico compartido surgió la necesidad de generar información donde antes había vacío. “No solo en el NOA y el NEA, sino a nivel nacional. De ahí nace la idea de traccionar una red con instituciones, productores y empresas”, detalló Vera. La red integra a Aapresid, Crea, INTA, Maizar, la Estación Experimental Obispo Colombres y especialistas en análisis de infectividad, permitiendo elaborar mapas de calor que se actualizan semanalmente y orientan decisiones en cada región.
La comparación entre campañas deja números elocuentes. “Son tres campañas muy distintas”, resumió el ingeniero. La de la epifitia fue la más grave: el insecto avanzó hasta la zona núcleo y tomó una dimensión nacional. En el este de Tucumán, por ejemplo, en enero de ese ciclo se registraban entre 15 y 25 chicharritas por trampa. “El año pasado, a esta misma altura, teníamos menos de una, y en esta campaña estamos en 1,8. Es una situación intermedia”, explicó. Sobre planta, las diferencias son aún más marcadas: de promedios de dos chicharritas por planta en la epifitia se pasó a valores cercanos a cero en las últimas campañas.
Estos datos permiten poner en contexto una de las mayores amenazas actuales: el miedo. “Empieza a haber cierta paranoia por ver una chicharrita. En zonas endémicas no debería preocuparnos la presencia, sino que la abundancia no crezca”, aclaró Vera. En Los Altos, Catamarca, el contraste es contundente: de capturas semanales de 265 insectos en enero de 2024 se pasó a apenas siete en la actualidad. “De 7 a 265 hay un abismo”, remarcó.
El clima también juega su partido. Las intensas lluvias del norte generan efectos contrapuestos. “Si el cultivo es chico, 100 o 120 milímetros pueden complicar la implantación. Pero si ya pasó las primeras etapas, el exceso de agua favorece una tasa de desarrollo altísima”, señaló. A diferencia del año pasado, marcado por estrés hídrico y altas temperaturas, hoy el maíz crece más rápido. “Con buena genética, en poco tiempo está en V8 y fuera del período de susceptibilidad. Aunque haya chicharrita, ya no afecta”, explicó.
En este contexto, el monitoreo temprano se vuelve la base de cualquier estrategia. “Es la base de la pirámide”, definió Vera. Contar insectos de manera sistemática, establecer promedios y no reaccionar por una observación aislada permite evitar aplicaciones innecesarias. “Con menos de una chicharrita por planta, los productos que tenemos funcionan. El problema en la epifitia era la reinfestación constante, con nueve o diez por planta”, recordó. Hoy, el monitoreo incluso permite decidir aplicaciones sectorizadas o confiar en la tolerancia genética de ciertos híbridos.
Cuando se trata de jerarquizar manejos, el mensaje es claro: no hay soluciones mágicas ni únicas. “Es un manejo integral, pero el orden cronológico es clave”, sostuvo. Monitoreo temprano, elección de híbridos con buenas fortalezas sanitarias y, recién después, el uso de herramientas químicas. “Los piretroides y neonicotinoides registrados son funcionales con baja incidencia. En la epifitia parecía que nada funcionaba y se usaban productos muy agresivos, pero hoy entendemos que no es necesario”, afirmó.
El tratamiento de semillas también encuentra su lugar, aunque sin exageraciones. “El año pasado, con ausencia de plaga, no hacía falta aumentar dosis. Esta campaña, con algunos focos tempranos, puede ser una estrategia válida en ciertos casos, pero lo importante es no entrar en pánico”, advirtió.
La experiencia deja una enseñanza central: la información compartida ordena, calma y mejora decisiones. “Cuando algo se desconoce, la información termina siendo poder”, reflexionó Vera. En la lucha contra Dalbulus maidis, ese poder hoy está en la red, en los datos y en la convicción de que el manejo regional y coordinado es la mejor herramienta para evitar repetir los errores del pasado.













