La zafra azucarera 2026 atraviesa un escenario atípico en Tucumán. Las lluvias persistentes, los suelos saturados y la falta de piso para ingresar a los lotes complican la cosecha y obligan a los productores a evaluar hasta dónde conviene continuar trabajando. Con entre el 25% y el 30% de la materia prima todavía en el campo, el desafío ya no pasa solamente por levantar la caña disponible, sino también por evitar que las decisiones de esta campaña comprometan la capacidad productiva del próximo año.
Así lo explicó Manuel Ponce, ingeniero agrónomo responsable de la producción de caña del Grupo Palazzo, durante una entrevista con Suena a Campo. Según describió, la combinación de condiciones climáticas excepcionales y dificultades operativas está poniendo en jaque el desarrollo normal de la actividad.
“Creo que estamos en un año único en muchísimas zafras que me tocó vivir. Tenemos muchísima disponibilidad en materia prima para los ingenios, y el clima y los suelos saturados están poniéndonos en jaque porque no podemos resolver la situación de la cosecha”, señaló.
De acuerdo con los datos mencionados durante la entrevista, al 8 de octubre la molienda alcanzaba el 73% de lo estimado. Ponce indicó que todavía quedaba entre un cuarto y un tercio de la materia prima sin cosechar, aunque aclaró que es difícil establecer una cifra exacta. La mayor preocupación se concentra en la zona central de la provincia, donde las precipitaciones persistentes impiden que los terrenos recuperen las condiciones necesarias para el ingreso de la maquinaria.
El problema no se limita a la demora. La falta de piso provoca daños en los suelos, dificulta las maniobras y aumenta los costos de operación. Las cosechadoras quedan atascadas y deben ser retiradas constantemente, mientras los equipos sufren un desgaste mayor al previsto.
“Estamos sufriendo a nivel suelo el amasado de los pisos, prácticamente estamos haciendo muchísimo daño en esa cuestión”, explicó Ponce. A eso se suma que las máquinas no fueron diseñadas originalmente para trabajar en condiciones de tanta humedad. Como respuesta, en el establecimiento están evaluando incorporar cubiertas con dibujo agrícola para mejorar la tracción y facilitar el avance en los sectores más complicados.
Sin embargo, la inversión también tiene un costo que debe analizarse. El ingeniero explicó que, dentro de la empresa, la decisión fue equipar inicialmente una de las tres máquinas con este tipo de cubiertas, con el objetivo de comprobar si la modificación permite avanzar cuando el tiempo lo haga posible.
El escenario obliga a revisar una de las decisiones más difíciles para el productor: continuar cosechando en condiciones desfavorables o aceptar que una parte de la caña quede en pie. Para Ponce, la respuesta no puede basarse únicamente en la necesidad de recuperar la producción disponible, sino que requiere una evaluación económica de cada establecimiento.
“Es una ecuación económica más que emocional”, sostuvo. Según detalló, un productor puede necesitar alrededor de 80 kilos de azúcar por tonelada de caña para cubrir sus costos, dependiendo de la distancia y las condiciones de trabajo. En una situación normal, explicó, los resultados pueden ubicarse entre 65 y 70 kilos por tonelada, lo que deja un margen insuficiente para cubrir los gastos.
“Hoy ya estamos trabajando a pérdida”, advirtió. En esas condiciones, insistir con la cosecha puede profundizar el resultado negativo, especialmente cuando se incrementan los gastos de maquinaria y transporte. “En algún momento hay que decir: ‘Bueno, listo, hasta acá pude alcanzar’ y cambiar el chip y empezar a trabajar con la caña que pude cosechar y el resto esperar hasta el año que viene”, planteó.
La decisión, reconoció, es dolorosa para los productores que no están preparados para dejar caña sin levantar. Pero la situación exige distinguir entre la pérdida que implica no cosechar una parte del cultivo y los costos adicionales que puede generar intentar hacerlo sin condiciones adecuadas.
A las dificultades de campo se suma un fenómeno visible en distintas rutas tucumanas: la floración de numerosos cañaverales. Ponce explicó que, de acuerdo con la información técnica difundida por la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres, las temperaturas medias superiores a los 18 grados, la ausencia de heladas y la humedad disponible durante el otoño y el invierno favorecieron que la caña completara su ciclo y llegara a la etapa reproductiva.
Por eso, aclaró que la floración no debe interpretarse automáticamente como una señal de deterioro. “La caña ha completado normalmente su ciclo porque no fue helada. El problema es agronómico en lo productivo si no la cosechamos”, precisó.
Si la cosecha se demora más allá de un plazo razonable, pueden aparecer ahuecamientos y pérdidas de rendimiento azucarero, porque la planta comienza a destinar recursos a la ramificación. De allí la importancia de evaluar cada lote y evitar que las demoras terminen afectando la calidad de la materia prima.
Pese al panorama, el asesor también identificó aspectos favorables. La humedad permitió mantener los campos sin quema, con muy pocos episodios de este tipo, y favoreció el crecimiento activo de la caña ya cosechada. Además, señaló que no se registraron los daños por plagas y enfermedades que suelen manifestarse en períodos de sequía.
La prioridad ahora es determinar cómo quedó cada campo después de la cosecha y establecer un plan de trabajo para 2027. Ponce recomendó evaluar los suelos antes de decidir tareas como la descompactación, ya que no todos los lotes necesitan ese tratamiento. En suelos de características más arenosas y con humedad elevada, explicó, puede resultar innecesario incurrir en ese gasto.
También propuso revisar la fertilización nitrogenada. En lugar de aplicar automáticamente las dosis máximas, considera necesario ajustar las cantidades a las condiciones de cada lote, porque el exceso de humedad puede favorecer pérdidas de nitrógeno por volatilización.
“La idea es diseñar un ABC de mínima para garantizar estar competitivo con productividad normal para el año que viene, para el 2027”, resumió.
Para el ingeniero, la situación requiere abandonar las decisiones habituales y adaptarse a un escenario que se aparta de los parámetros normales de trabajo. La consigna es cuidar los recursos disponibles, evitar gastos que no aporten resultados y priorizar la recuperación productiva de los cañaverales. En una zafra marcada por las lluvias, cosechar todo lo posible ya no es necesariamente la mejor decisión: también hay que evaluar cuánto cuesta hacerlo y qué consecuencias puede tener para la próxima campaña.













