La investigación agropecuaria también se construye con historias de vocación, aprendizaje y compromiso. Victoria González, ingeniera agrónoma y exinvestigadora de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC), dedicó alrededor de 30 años de su carrera a esa institución tucumana. Jubilada desde el año pasado, continúa vinculada al sector a través de visitas a campos, encuentros con colegas y trabajos relacionados con la sanidad vegetal. En el Día Internacional de las Mujeres Rurales, repasó su recorrido profesional y compartió una convicción que mantiene intacta: la pasión por lo que uno hace es el motor para avanzar.
Su vínculo con la agronomía comenzó mucho antes de recibirse. Desde pequeña visitaba la Estación Experimental porque su madre trabajaba allí. Aunque no era técnica ni profesional, su mamá formó parte de la institución durante muchos años y, de alguna manera, acercó a su hija al mundo de la investigación agropecuaria. “Yo siempre quise ser ingeniera agrónoma”, recordó Victoria durante una entrevista con Suena a Campo.
Después de estudiar en la Facultad de Agronomía, Zootecnia y Veterinaria de la Universidad Nacional de Tucumán (UNT), tuvo una breve experiencia como pasante en la Estación Experimental Agropecuaria del INTA en Famaillá. Luego ingresó a la EEAOC mediante una pasantía y continuó como becaria, hasta desarrollar allí toda su trayectoria como investigadora. Su ingreso se produjo antes de 1995, en una etapa en la que conseguir una oportunidad laboral era uno de los primeros desafíos para quienes terminaban la carrera.
“Obispo Colombres me dio la oportunidad. Yo comencé primero con una pasantía muy corta y luego entré como becaria”, contó. Con el tiempo, aquella primera experiencia se convirtió en una carrera de tres décadas, marcada por el aprendizaje y el afecto hacia una institución que considera fundamental en su formación profesional.
Aunque al principio imaginaba que iba a dedicarse al manejo de los cítricos, una vacante en el área de fitopatología cambió el rumbo de su carrera. Esta disciplina estudia las enfermedades de las plantas y las estrategias para manejarlas. La oportunidad de ingresar al laboratorio la llevó a descubrir un campo de trabajo que terminó apasionándola.
Sus primeros años estuvieron centrados en las observaciones macroscópicas y microscópicas, los aislamientos y los procedimientos de laboratorio. Allí aprendió a mirar las plantas desde otra perspectiva, buscando comprender qué ocurría más allá de lo visible. Con el tiempo, su trabajo también incorporó ensayos y observaciones a campo, una parte indispensable de la investigación fitopatológica.
“Muchas veces uno dice ‘vas y mirás’, y no es tan solo mirar, sino que tenés que ir a usar todo lo que son las ópticas para poder mirar hacia adentro y qué es lo que está ocurriendo”, explicó. Para Victoria, la tarea del laboratorio y la del campo se complementan: las observaciones realizadas en los cultivos permiten identificar problemas y luego estudiar los materiales mediante herramientas específicas.
Esa experiencia también le permitió reflexionar sobre ciertos estereotipos presentes en el ámbito profesional. Durante sus años de estudiante, recuerda que la proporción de varones era mayor: aproximadamente un 70% frente a un 30% de mujeres. Venía del Colegio de la Merced, una institución educativa de mujeres, por lo que incorporarse a un entorno universitario con una presencia masculina predominante representó una experiencia nueva.
Sin embargo, asegura que no sintió diferencias determinantes en su desarrollo profesional por ser mujer. “Yo creo que todo va de la mano del camino que cada uno hace, que no es porque vos seas mujer o varón, sino que va más por tu formación y tu compromiso hacia la profesión que vos elijas”, sostuvo.
En su mirada, el crecimiento profesional depende de la preparación, la responsabilidad y la actitud con la que cada persona enfrenta los desafíos. “Hay que aprender, yo creo que todos los días aprendo”, afirmó. Incluso después de jubilarse, mantiene esa disposición a seguir incorporando conocimientos y continúa participando de actividades vinculadas con el sector.
Actualmente, Victoria sigue realizando visitas a establecimientos agropecuarios, generalmente junto a amigos y colegas, además de participar en reuniones. Su área de trabajo continúa relacionada con la sanidad vegetal, una especialidad que le permite conservar el contacto con los productores y con los problemas que se presentan en los cultivos. En ese sentido, destaca el valor de los vínculos construidos durante la carrera: “Si uno no genera los vínculos, no se crean las relaciones. Y yo creo que eso es lo más importante”.
Su experiencia también deja un mensaje para las jóvenes que estudian agronomía y comienzan a construir su recorrido laboral. En una actividad que ofrece distintas posibilidades de desarrollo, considera fundamental encontrar aquello que realmente despierta interés y entusiasmo. La formación técnica abre puertas, pero la motivación ayuda a sostener el esfuerzo cotidiano.
“Lo más importante es que te guste lo que hacés. O sea, si no te gusta lo que hacés es muy difícil que uno pueda seguir avanzando”, señaló. Y resumió su consejo en una idea que atraviesa toda su historia: “Mientras vos tengas esa pasión, es la fuerza que te da para que hagas lo que sea”.
Después de tres décadas en la EEAOC, Victoria González inicia una etapa diferente sin alejarse de aquello que marcó su vida profesional. Su trayectoria pone en valor el trabajo de las mujeres en la investigación agropecuaria y demuestra que la jubilación no necesariamente significa dejar de aprender, compartir conocimientos o acompañar al campo. Para ella, la agronomía sigue siendo un espacio de curiosidad, compromiso y relaciones humanas, sostenido por la misma pasión que la llevó a elegir la profesión.













