En un contexto de incertidumbre económica y climática que afecta a los pilares históricos del agro tucumano, como el limón y la caña de azúcar, comienza a surgir con fuerza una alternativa inesperada: la producción de café. La propuesta, impulsada inicialmente por la reconocida empresa nacional Cabrales, ha comenzado a tomar forma en las laderas del pedemonte tucumano, donde un grupo de productores ya está ensayando con plantaciones experimentales. Este movimiento no es aislado ni improvisado: cuenta con el respaldo técnico de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC), el INTA y la Facultad de Agronomía y Zootecnia de la Universidad Nacional de Tucumán.
Bernabé Salas Arón, coordinador de políticas públicas y uno de los impulsores del informe elaborado por la Fundación Federalismo y Libertad, conversó sobre esta incipiente pero prometedora transformación del agro provincial. Según explicó, el primer motor de esta iniciativa es la necesidad imperiosa del sector agroindustrial tucumano de reinventarse ante la pérdida de competitividad y rentabilidad de dos de sus cultivos más emblemáticos: el limón y la caña. Factores como la caída de los precios internacionales, las trabas al comercio y las condiciones del mercado interno están llevando a los productores a buscar nuevas opciones más sostenibles a mediano y largo plazo.
En este escenario, Cabrales puso la vista en Tucumán. Las condiciones climáticas del pedemonte, con su humedad abundante, temperaturas medias anuales de entre 15 y 24 grados y un entorno sombreado por la vegetación, resultaron ser sorprendentemente similares a las que se encuentran en regiones cafeteras de renombre como Colombia y Brasil. Esta coincidencia despertó el interés de la firma, que inició una etapa de experimentación junto a unos 15 a 20 pequeños productores locales. Actualmente, estas pruebas se llevan a cabo en parcelas reducidas —de una hectárea o menos— con plantaciones del grano arábica, conocido por su calidad superior y su potencial de diferenciación en el mercado.
El café arábica, a diferencia del robusta, que es más resistente pero de menor calidad, está orientado a consumidores exigentes y mercados de especialidad. Según Salas Arón, el plan de desarrollo es a diez años vista, un horizonte que permitiría consolidar una producción que, de tener éxito, no solo se abastecería internamente, sino que podría competir en mercados externos. La clave está en la calidad: no se trata de competir en volumen, sino de ofrecer un producto diferenciado que refleje las particularidades del terroir tucumano.
Se han identificado entre 8.000 y 9.000 hectáreas potencialmente aptas para este cultivo en las zonas pedemontanas. Sin embargo, muchas de estas superficies están actualmente ocupadas por otros cultivos, principalmente limón. La transición no será inmediata ni sencilla, y dependerá de múltiples factores, desde la rentabilidad hasta la presión del negocio inmobiliario en las zonas periurbanas. Aun así, la sola identificación de esta superficie ilustra el potencial que podría desplegarse en el mediano plazo si se confirma la viabilidad técnica y comercial del café tucumano.
Argentina, en este rubro, parte prácticamente de cero. Actualmente no es un país productor de café, ni mucho menos exportador. De hecho, la totalidad del café que se consume en el país es importado, principalmente en grano crudo, para luego ser tostado localmente. Las cifras son contundentes: entre 100 y 150 millones de dólares anuales se destinan a la importación de café. Esto abre una puerta interesante para la sustitución de importaciones, una oportunidad estratégica en tiempos de restricciones cambiarias y necesidad de divisas. Incluso, si el rendimiento por hectárea y la calidad del grano lo permiten, Tucumán podría pensarse a futuro como un pequeño pero relevante proveedor interno de café nacional.
Por supuesto, esta visión depende de múltiples variables aún por consolidarse. Las lluvias, por ejemplo, no están perfectamente distribuidas durante todo el año, lo cual representa uno de los desafíos principales, ya que el cultivo de café requiere humedad constante. La estación seca del invierno tucumano podría ser un factor limitante, aunque con manejo adecuado del riego y la sombra natural, los especialistas consideran que estas dificultades podrían superarse.
Otro factor a tener en cuenta es la competencia por el uso del suelo. Las zonas aptas para el café son también las más codiciadas para el cultivo del limón, que, a pesar de su actual crisis, sigue siendo el motor exportador de la provincia. También son zonas donde la presión urbana avanza año tras año, y donde las decisiones entre plantar café, mantener limón o vender a desarrollos inmobiliarios forman parte del dilema cotidiano de muchos productores.
En este marco de oportunidades y tensiones, la apuesta por el café se presenta como un ejercicio de diversificación productiva inteligente. No se trata de abandonar lo que ya existe, sino de ampliar el abanico de posibilidades del agro tucumano. Si la provincia logra combinar su experiencia agrícola con el conocimiento técnico disponible y el respaldo de empresas interesadas en innovar, no sería descabellado imaginar en unos años una taza de café con sello tucumano. Tal vez no alcance para competir con los grandes productores mundiales, pero sí para ofrecer un producto con identidad propia, orgullo local y potencial comercial.
El tiempo dirá si esta semilla germina con fuerza. Pero lo cierto es que, en un momento de cambio e incertidumbre, Tucumán vuelve a mirar hacia su tierra en busca de respuestas. Y quizás, esta vez, la respuesta llegue en forma de café.













