En tono coloquial no es desacertado decir que Donald Trump pateó un hormiguero. Despertó al oso y lo empujó a salir de su cueva para proveerse sus propios alimentos. La alegoría bien puede aplicarse a China, que antes de las guerras de tarifas desatadas por el republicano en 2018 y en 2025 no trepidaba en comprar fronteras afuera los commodities agrícolas que necesitaba, hasta ahí en cantidades crecientes.
Ahora la historia es distinta. Sin quererlo, Trump convenció a los chinos de que corren un riesgo dependiendo del exterior; los asiáticos aprendieron la lección y pusieron manos a la obra inmediatamente. En maíz y trigo han multiplicado su propia producción como para reducir a un mínimo sus importaciones. Con la soja es un poco más complicado.

La información disponible indica que ya han comenzado los trabajos de desmonte en 3.000 hectáreas en Cuanza Norte y 5.000 más en Malanje, y la siembra se iniciará una vez que se aseguren los derechos de superficie. La intención es alcanzar entre 10.000 y 20.000 hectáreas implantadas para el próximo año. Lo más impactante es que –según afirman- la empresa china gestionará un fondo de apoyo agrícola y “aplicará tecnología de alto rendimiento para producir ocho toneladas de maíz y cinco toneladas de soja por hectárea”.

China importó algo más de 100 millones de toneladas de soja en 2024, con una participación decreciente de Estados Unidos y una dependencia exagerada de las exportaciones de Brasil, el gran favorecido a partir de la primera guerra de tarifas de Trump contra el gigante asiático. De hecho, China aún no ha efectuado anotaciones para la soja estadounidense 2025/26, llenando de preocupaciones a los exportadores de este país y deprimiendo los precios en Chicago.
Paralelamente, Beijing se ha comprometido a apoyar a sus agricultores en la siembra, compra, venta y procesamiento de soja y semillas oleaginosas. La idea es poner todo lo necesario para impulsar la producción nacional y diversificar las importaciones con el fin de asegurar el suministro de alimentos a sus 1.400 millones de habitantes. Cabe recordar que el grueso de la soja que importa China termina siendo procesada y transformada en harina y aceite.
Además, se alienta a las instituciones financieras a emitir bonos especiales destinados a la agricultura, el desarrollo rural, y las pequeñas y microempresas. El compromiso del gobierno chino con la agricultura se refleja en el crecimiento del crédito hacia el sector: Hay una decisión férrea de no tropezar de nuevo con la misma piedra, en alusión a los ataques de Trump, más allá de que los chinos parecen estar ahora mucho mejor preparados para enfrentarlo que en 2018.

Por lo demás, las autoridades en Beijing vienen trabajando para reducir el uso de harina de soja en la alimentación animal al 10 % para 2030, frente al 13 % en 2023 y el 18 % en 2017. De concretarse, queda claro que la movida de Trump no solo perjudica a Estados Unidos, también afecta a Brasil y la Argentina.
El plan de China para reducir la harina de soja en la ración comienza con la primera guerra comercial en 2018. En aquel entonces, los cerdos en este país solían consumir una ración que contenía aproximadamente un 20 % de harina de soja y entre un 70 % y un 75 % de maíz, según datos de Reuters. Un informe del ministerio chino de 2022 indicó que la proporción de harina de soja se redujo al 15,3 % en 2021.
Esto permitió ahorrar un total acumulado de 11 millones de toneladas de harina de soja, equivalente a unos 14 millones de toneladas de soja, según se indica oficialmente. La nueva meta del 13% podría reducir las importaciones de soja a 82 millones de toneladas para 2025, pero todo indica que no se verificará en la práctica, lo cual sugeriría que China está subestimando el consumo de harina.

El año pasado, el USDA comenzó a utilizar datos de exportadores globales para estimar la demanda china de soja, en lugar de la información de las aduanas de la nación asiática, debido a que las cifras de envíos superaban con creces el consumo declarado por Beijing. El objetivo de importación de 109 millones de toneladas del USDA para 2024/25 se compara con los 94,1 millones de 2017/18.
Los especialistas consideran que es posible que China esté acumulando un exceso de soja para aumentar sus reservas estatales. El gigante asiático suele preferir la soja estadounidense para este cometido, ya que se conserva mejor que la brasileña, con mayor humedad. Afirman paralelamente que la situación de la carne de cerdo en China no exige más soja, pero tampoco necesariamente menos, por ahora.
Es que la producción de carne de cerdo en el gigante asiático solo ha aumentado ligeramente en la última década, lo que refleja la baja rentabilidad del sector porcino, así como la cambiante demanda de los consumidores de fuentes alternativas de proteínas. Un estancamiento en el consumo de carne de cerdo podría ser problemático tanto para los productores de cerdo chinos como para los exportadores brasileños y argentinos. Si todo esto funciona, China podría reducir las importaciones anuales de soja en aproximadamente 10 millones de toneladas.

Estados Unidos ya captó el mensaje, e impulsa la búsqueda de nuevas opciones ante la posibilidad concreta de que sus exportaciones de soja a China se depriman severamente. El USDA piensa incluso en una mayor concentración de negocio fronteras adentro –Trump ya había avisado al respecto-, enancado en la producción de diesel renovable.













