En el Congreso Aapresid, el Ing. Agr. Sebastián Sabaté, jefe de la sección Malezas de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC), no necesitó demasiadas vueltas para describir el escenario que hoy preocupa a gran parte del agro argentino: el avance del yuyo colorado y las crecientes dificultades para controlarlo. Esta maleza, conocida también como amaranto o ataco, ha mostrado en los últimos años una capacidad de adaptación que desafía tanto a productores como a técnicos en distintas regiones, particularmente en el NOA.
“El yuyo colorado tiene una variabilidad genética muy grande, y eso le permite adaptarse a muchas situaciones distintas”, explicó Sabaté. Esa capacidad de adaptación, sumada al uso intensivo y repetido de herbicidas, favorece la selección de biotipos resistentes. “Usamos tantos herbicidas y tantas veces durante el año que las malezas que pueden adaptarse a eso desarrollan resistencia”, señaló.
Presente en toda la provincia, su impacto varía según el manejo que se realice. Hoy es más común en soja y maíz, mientras que en caña de azúcar la incidencia es menor por la combinación de herbicidas específicos y controles mecánicos. En la región se observan principalmente dos especies: el Amaranthus hybridus y el Amaranthus palmeri, originario de Norteamérica. Este último, a pesar de no ser nativo de Argentina, ya presenta poblaciones resistentes en el país.
El yuyo colorado puede diferenciarse de otras malezas en estados tempranos. “Principalmente se lo llama así porque la base de las hojas, cuando nacen, es roja. Si uno los observa temprano a la mañana, se ven claramente esos tonos rojos”, detalló Sabaté. Aunque distinguir entre las especies híbrida y palmeri es complejo, para fines de manejo ambas se consideran como un único problema.
En cuanto a su germinación, el especialista advirtió que basta poca humedad para que nazca, especialmente en el caso del Amaranthus palmeri. “En Tucumán tenemos buenas temperaturas desde agosto, pero siempre falta humedad. Ante la primera lluvia significativa, aparecen emergencias, y lo más complicado es que tienen muchas camadas: cada vez que llueve, cada 20 días, puede haber nuevas emergencias”, explicó.
Una de las herramientas para retrasar su aparición son los cultivos de cobertura. “No lo controlan totalmente, pero retrasan las emergencias. Cambian la temperatura del suelo y consumen humedad, lo que evita que la maleza nazca ante las primeras condiciones favorables. Eso puede ahorrar una aplicación de herbicidas”, comentó. Del mismo modo, la rotación de cultivos ayuda a reducir su incidencia, ya que la cobertura —incluso la del rastrojo de maíz— dificulta su establecimiento.
Sin embargo, en los últimos años se han reportado fallas incluso con herbicidas preemergentes. “Hay varios factores: elegir el producto equivocado, aplicarlo en condiciones no ideales o lluvias intensas que lo laven. Además, ya hay poblaciones con tolerancia a ciertos activos, como el sulfentrazone, muy usado en la región. Son biotipos puntuales que empiezan a sobrevivir y, si se expanden, sería un problema serio”, advirtió.
Respecto a qué productos son más efectivos, Sabaté insistió en que todo depende del momento, la maleza y la correcta aplicación. “Para amaranto son muy sensibles los PPO, como el sulfentrazone y el flumioxazin, y también es importante rotar modos de acción. En EE.UU., por ejemplo, usan mucho el metribuzin, un herbicida antiguo, además de cloroacetamidas como el metolaclor o el piroxasulfone»:
La clave está en aplicarlos cerca de una lluvia para que se incorporen, y evitar hacerlo sobre cobertura verde que impida que el producto llegue al suelo. “Si lo aplico sobre maleza verde, el herbicida no llega donde tiene que actuar”, advirtió.
En este punto, el ingeniero remarcó la importancia del monitoreo. “Antes, para saber cómo está el lote, y después de aplicar, para ver si lo que hice fue eficiente. Si no lo fue, hay que actuar rápido. Muchos productores descubren el problema cuando el amaranto ya asoma por encima del cultivo, y en ese estado es prácticamente incontrolable. Por eso hay que revisarlo antes, detectar nacimientos y actuar con un postemergente si es necesario.”
La velocidad de expansión de esta maleza es otro desafío. “Si no lo manejo un año, después tengo cinco años de costos al doble. Hay que atacarlo temprano para que no se disemine en el lote”, recalcó. Las pérdidas en rendimiento pueden ser significativas: estudios internacionales hablan de reducciones del 30 al 50%, aunque en casos extremos la presencia de la maleza impide incluso la cosecha, resultando en pérdidas totales.
Como mensaje final a los productores, Sabaté fue claro: “El problema se repite año tras año. Hay que fortalecer la planificación. No asegura el éxito, pero ayuda. Aprovechemos ahora, antes de la siembra y los barbechos, para analizar cómo salimos la campaña pasada, prever qué puede pasar y definir un planteo. Hoy tenemos muchas herramientas, pero si reaccionamos en plena campaña, usamos lo que tenemos a mano y muchas veces no es lo más adecuado. Lo mejor es planificarlo con tiempo”.
El yuyo colorado, silencioso pero persistente, obliga a repensar estrategias y a reforzar la integración de prácticas culturales, químicas y de manejo. En el NOA, la experiencia y la anticipación se han convertido en las armas más valiosas para enfrentar a una maleza que ya dejó de ser una amenaza futura para transformarse en un problema presente.













