La ganadería argentina atraviesa una nueva transformación. A partir de 2026, el Servicio Nacional de Sanidad y Calidad Agroalimentaria (Senasa) hará obligatoria la trazabilidad electrónica del ganado bovino. Cada animal deberá estar identificado de forma digital -mediante chips, botones o bolos ruminales- para garantizar un seguimiento sanitario y comercial más preciso. La medida marca un paso hacia la modernización del sistema productivo, pero también abre interrogantes sobre su aplicación práctica, sobre todo en regiones como el Noroeste Argentino, donde las condiciones del terreno y la escala productiva presentan particularidades.
“Argentina tiene un potencial enorme, pero también desafíos concretos”, explica el ingeniero zootecnista y cabañero Rafael Mortarotti. “Tucumán es la provincia más chica del país y la mitad de su superficie son montañas. La otra mitad es productiva y con tierras excepcionales, pero mucha de esa superficie está cubierta por caña de azúcar, limones y granos. El espacio ganadero se achica, aunque el potencial sigue siendo enorme”, sostiene.
Mortarotti destaca que, pese a las limitaciones de superficie, Tucumán mantiene una fuerte tradición de consumo cárnico. “Es una provincia densamente poblada y muy consumidora de carne, siempre lo ha sido. Cuando la situación económica mejora, eso se nota enseguida en la góndola. La gente vuelve a comprar carne vacuna, y eso marca lo importante que sigue siendo la ganadería para la economía regional”, afirma.
En este contexto, la trazabilidad electrónica busca sumar transparencia y competitividad al sistema, pero requiere una adaptación gradual. “Es una herramienta valiosa, sin duda. Permite mejorar el control sanitario y la trazabilidad comercial, que hoy son exigencias internacionales. Pero hay que pensar en cómo se implementa en el campo real, donde muchas veces las condiciones no son las mismas que en los grandes establecimientos pampeanos”, advierte el productor.
La vida del ganadero, explica, no se mide en trimestres ni en ciclos comerciales, sino en años. “Desde el día en que decidís darle servicio a una vaca, necesitás por lo menos 36 o 40 meses para que ese animal te devuelva carne. Es un trabajo de todos los días, 365 días al año, con resultados que tardan mucho en verse. La ganadería es sacrificio, constancia y paciencia”, subraya Mortarotti.
En ese escenario, toda innovación tecnológica genera expectativas, pero también preocupaciones. Una de las principales inquietudes entre los productores tiene que ver con el costo y la logística de implementar chips o identificadores electrónicos. “No se trata solo de colocar un botón o un bolo ruminal. Hay que garantizar conectividad, equipamiento y capacitación. Y en muchas zonas del NOA eso todavía es un desafío. Por eso creo que hay que acompañar la transición con políticas y asistencia técnica”, propone.
La conversación deriva inevitablemente en el tema sanitario, un área donde el Senasa también anunció cambios importantes, como la reducción de la vacunación obligatoria contra la fiebre aftosa. Para Mortarotti, la medida es positiva. “Había un exceso de vacunaciones. Hasta ahora, una vaca podía recibir entre 16 y 18 dosis a lo largo de su vida productiva. Eso no tiene sentido desde el punto de vista del bienestar animal ni del costo económico”, explica.
El ingeniero lo ilustra con ejemplos del día a día: “Las vacunaciones se hacen en meses calurosos, como marzo o septiembre. Hay que sacar la hacienda, llevarla a los corrales, y el animal sufre. Pierde kilos, se estresa y se corre riesgo de golpes. Todo eso impacta en la productividad. Si ya hay inmunidad comprobada, no tiene lógica seguir repitiendo el proceso”.
Como integrante de la Cámara Argentina de Feedlot, Mortarotti también pone el foco en otro punto sensible: la duplicación de procedimientos. “El feedlot muchas veces recibe terneros que ya vienen vacunados y, por normativa, se los vuelve a vacunar. Eso genera un gasto innecesario y estrés en el animal. Con la trazabilidad electrónica, si está bien implementada, podríamos evitar esas repeticiones, porque se sabría exactamente qué tratamiento tuvo cada ejemplar”, explica.
Más allá de las herramientas digitales, el cabañero insiste en que la ganadería sigue siendo una actividad de largo plazo y gran compromiso humano. “La tecnología ayuda, pero no reemplaza al trabajo diario ni al conocimiento de campo. El ganadero está todos los días con los animales, en el barro, bajo el sol o la lluvia. Por eso las normas tienen que pensarse para acompañar, no para complicar.”
Para Mortarotti, el desafío de la trazabilidad no es tecnológico, sino cultural. “Tenemos que entender que esto llegó para quedarse. La trazabilidad electrónica no es un capricho, es una necesidad si queremos seguir exportando y competir con países como Uruguay o Brasil, que ya la implementaron hace tiempo. Pero hay que hacerlo bien, con tiempos razonables y con apoyo técnico para los productores más chicos”, concluye.
Mirá el programa de streaming de Suena a Campo













