En el norte argentino, donde los cultivos emergentes se abren paso entre desafíos climáticos y logísticos, hay mujeres que no solo trabajan la tierra, sino que la investigan, la observan y la comprenden desde la ciencia. Una de ellas es Gabriela Garat, becaria doctoral del INTA-CONICET, productora de palta y madre de dos niñas. Su vida combina tres universos exigentes, pero ella los entrelaza con naturalidad. “Todavía no sé si los combino, pero lo intento”, dice entre risas. “De los tres roles que tengo, el más difícil es el de mamá, porque tengo unas jefas bastante exigentes”, confiesa.
Gabriela lleva adelante su doctorado en plagas de nuez pecán, un cultivo que crece con fuerza en la región del NOA. Al mismo tiempo, produce palta junto a su familia y comparte con sus hijas la experiencia del campo. “Hace cinco años que trabajo en mi doctorado y unos cuatro que producimos palta. Tenemos una logística muy centrada en casa: durante la semana organizamos todo y los fines de semana cargamos la familia y nos vamos al campo. Mis hijas, de tres y cinco años, conocen perfectamente a la palta. También conocen las mariposas del laboratorio, porque las llevo a casa. Es la forma que encontré de unir mis tres roles”, cuenta.
Esa manera de integrar maternidad, ciencia y producción es, para ella, más que una estrategia: es una filosofía de vida. “Mis hijas aman el campo, ven lo que a uno le apasiona y se contagian. Les encanta ver cómo crece la palta, y cuando trabajo con las mariposas de mi investigación, también participan. De alguna forma, ellas están creciendo en medio de todo eso.”
Su investigación doctoral aborda una problemática concreta y creciente: las plagas que afectan al cultivo de nuez pecán. “Hace cinco años que trabajo con una beca del INTA y CONICET. Tenemos una red de monitoreo en cinco provincias para identificar las especies que están afectando al cultivo y medir el nivel de daño que provocan. Empezamos en el NOA, pero desde el año pasado también trabajamos con productores del Delta, en Campana, junto a técnicos del INTA. Esa red de trabajo es lo que hace tan valiosa a la institución: poder investigar en conjunto, compartiendo conocimiento entre regiones”, explica.
El vínculo con los productores es parte esencial del proceso. “Durante tres años trabajamos con grupos de productores de Tucumán que están muy organizados y constantemente nos consultan. Informamos qué especies encontramos, cómo manejarlas y cómo aplicar estrategias de control integrado. Ahora replicamos ese trabajo en el Delta. Es muy importante porque a través de estos monitoreos se generan datos reales que sirven para el manejo sustentable de las plagas”, destaca.
Además de la investigación, Gabriela observa de cerca la evolución de dos cultivos que ganan terreno en el NOA: la palta y la nuez pecán. “El pecán lleva un poco de ventaja a la palta, porque los productores están organizados, tienen una cámara nacional y un clúster consolidado que los apoya técnica y comercialmente. En cambio, los productores de palta todavía no están tan articulados, y eso es algo que deberíamos construir. Hace falta una mesa o cámara que reúna a los distintos actores del sector, para poder intercambiar información y trabajar juntos”, señala.
Desde su rol técnico e institucional, Garat participa también en acciones para fortalecer el cultivo de palta. “Desde INTA organizamos jornadas junto a Ibercitrus y ensayos en fincas de productores locales, como la de Anita Quirón. Hay muchos asesores y técnicos excelentes que conocen muy bien el cultivo, pero ese conocimiento todavía está disperso. Falta organización y visibilidad para que llegue a todos los productores, especialmente a los más pequeños”, afirma.
Cuando se le pregunta si ser mujer en el agro le generó obstáculos, Gabriela responde con serenidad. “No sé si es suerte o el entorno, pero nunca sentí dificultades por ser mujer. En las instituciones donde trabajo siempre escucharon mis opiniones. Los desafíos que tuve fueron los mismos que puede tener cualquiera. Tal vez lo más complejo fue la organización familiar, encontrar quién cuidara a mis hijas cuando debía viajar al campo o al laboratorio. Pero incluso eso me ayudó a mejorar mi organización. Las madres aprendemos a no perder tiempo y a aprovechar cada minuto.”
Esa mirada práctica se mezcla con una profunda gratitud. “Soy afortunada por las personas que me rodean y por el lugar donde estoy. Sé que no siempre es así, pero en mi caso he encontrado apoyo y respeto.”
Antes de cerrar la charla, le pedimos un mensaje para otras mujeres rurales. Su respuesta resume su forma de ver el mundo: “Lo que trato de aplicar cada día es aprender de todos. Aprender del capataz, de los peones, de los asesores, de los jefes, de los compañeros. En la facultad te enseñan muchas cosas, pero en el campo se aprende todo el tiempo. Creo que de cada persona podés tomar algo bueno. Eso te forma y te hace crecer. Aprender un poquito de cada uno es lo que me sirve y quizás también le sirva a otras.”
Con la serenidad de quien entiende que producir también es educar, Gabriela Garat representa una nueva generación de mujeres rurales que combinan conocimiento científico, pasión y familia para construir un campo más inclusivo y sustentable. En su historia se cruzan la ciencia y la vida, la tierra y las mariposas, las paltas y los sueños que germinan en cada cosecha.













