En la última semana de octubre, seguimos compartiendo historias de mujeres que marcan huella en el campo. Hoy conocemos a María Belén Mastandrea, ingeniera agrónoma y primera mujer extensionista de la Asociación Braford Argentina. Su recorrido por el NEA, acompañando a productores y cabañas, refleja el compromiso y la entrega de una generación que pisa fuerte en el agro.
Con decisión, vocación y una enorme pasión por lo que hace, Mastandrea se ha convertido en una figura inspiradora dentro de la ganadería argentina. Desde hace varios años recorre las provincias del NEA —Corrientes, Misiones, Chaco y Formosa— representando a la Asociación Braford Argentina, una de las más importantes del país. “Ser la primera mujer extensionista fue un reconocimiento y un voto de confianza, no solo hacia mí, sino hacia todas las mujeres. Es reconocer que tenemos la misma capacidad para hacer este tipo de trabajo”, afirma con orgullo.
El rol técnico que desempeña no es menor: Mastandrea es, hasta hoy, la única mujer en ocupar ese cargo dentro de todas las razas bovinas del país. “La Asociación Braford fue la primera en dar lugar a una mujer, y eso es un paso enorme. Es un espacio que valoro profundamente porque representa un cambio cultural en el agro”, explica.
Su trabajo implica recorrer cientos de kilómetros al mes, visitando cabañas, acompañando a productores y certificando animales. Pero más allá de la tarea técnica, lo que más disfruta es conocer las distintas realidades del campo argentino. “Me encanta ver cómo la raza se adapta a diferentes ambientes y cómo cada productor enfrenta sus desafíos. Ningún año ni mes es igual a otro, y eso hace que cada día sea distinto”, comenta.
Esa diversidad se refleja también en las historias que encuentra en el camino. “Lo más lindo es conocer a la gente detrás de cada cabaña. Hay familias que viven al lado de sus animales, con una pasión y una entrega que emociona. Cuando alguien elige hacer cabaña, lo hace por convicción y amor a lo que hace”, destaca.
Durante su trabajo, María Belén ha tenido que resolver múltiples situaciones, algunas insólitas, que forman parte de la experiencia de campo. Recuerda entre risas un episodio particular: “Una vez, revisando una vaquillita, descubrimos que no tenía vagina. Fue algo completamente inesperado, nadie lo había notado porque era muy joven. Estas cosas te enseñan que en la práctica siempre puede aparecer algo nuevo, y que hay que estar atentos a cada detalle”.
En su recorrido técnico también identifica problemas recurrentes, como los callos interdigitales o las llagas en el prepucio, comunes en animales trasladados o sometidos a esfuerzo. “Son afecciones que se curan, pero llevan tiempo. Y cuando un productor va a comprar un reproductor, no quiere llevarse uno que tenga que esperar a que se recupere. Todo esto influye en las decisiones que tomamos en el campo”, explica.
Su experiencia le ha permitido conocer la diversidad de realidades que conviven dentro del agro argentino. “Aprendí que no todas las realidades son iguales, y que la teoría no siempre coincide con la práctica. Hay que adaptarse, porque influyen muchos factores: desde el clima hasta la economía. Pero algo que siempre admiro del productor argentino es su capacidad de reinventarse. Siempre encuentra la forma de seguir adelante”, reflexiona.
Esa resiliencia, asegura, define al espíritu del campo. “El productor ganadero siempre intenta salir adelante, aunque todo esté en contra. Como dicen algunos, el productor muere con su vaca. Esa frase resume la pasión con la que se trabaja en este sector”, dice entre sonrisas.
Consultada sobre si ser mujer le aporta una mirada diferente dentro del ámbito técnico, Mastandrea no duda: “Mis compañeros, que son todos hombres, siempre me dicen que las mujeres somos más detallistas y exigentes. Creo que eso juega a favor cuando sabés equilibrarlo, porque permite obtener excelentes resultados. Aportamos otra sensibilidad, otra forma de mirar, pero con la misma capacidad técnica”.
Su mensaje para las nuevas generaciones de mujeres que sueñan con desarrollarse en el agro es claro y potente. “Que no tengan miedo y que se formen. La formación es lo que te da libertad, lo que hace que nadie pueda decirte que no podés. Y además, que tengan una buena actitud: no estar a la defensiva, trabajar con respeto, criterio y responsabilidad. Cuando hacés las cosas bien, la gente lo reconoce y lo valora el triple”, asegura.
Hoy, con su experiencia y su energía, María Belén Mastandrea representa a una generación de mujeres que abren caminos en un sector históricamente masculino. Su trabajo en el NEA, entre estancias, rutas de tierra y jornadas de sol intenso, combina técnica, vocación y empatía. “Este trabajo me permite ver el impacto real de la genética, de la selección, pero también del esfuerzo humano que hay detrás de cada animal. Eso es lo que más me motiva”, afirma.
En un contexto donde el agro se enfrenta a desafíos constantes —climáticos, económicos y sociales—, historias como la suya son una bocanada de esperanza y coraje. Su presencia en la Asociación Braford no solo marca un precedente institucional, sino que demuestra que el futuro del campo también se construye con mirada femenina, profesionalismo y pasión.
“Cuando una mujer llega a un lugar donde antes no había ninguna, abre la puerta para que muchas más entren. Y eso es lo más lindo de todo esto”, concluye María Belén Mastandrea, con la convicción de quien sabe que cada kilómetro recorrido vale la pena.













