En el corazón de Tucumán, dentro de la Facultad de Agronomía, Zootecnia y Veterinaria (FAZyV) de la Universidad Nacional de Tucumán, funciona uno de los pocos criaderos experimentales de lagarto overo del país. Este espacio, creado a comienzos de los años noventa, nació como respuesta a una crisis ambiental: la sobreexplotación del Salvator merianae para la industria del cuero. “En ese momento, el cuero tenía un alto valor de mercado. Argentina llegó a exportar más de dieciséis millones de pieles entre 1975 y 1996. Se sacaban de la naturaleza más de dos millones de animales por año, sin ningún marco de preservación”, recuerda la ingeniera zootecnista y doctora María Valeria García Valdez, directora del criadero.
Esa presión llevó a que la especie fuese incluida en el Apéndice II de CITES, una categoría que exige control estricto del comercio para garantizar su supervivencia. “No estaba en peligro de extinción, pero si se seguía extrayendo a ese ritmo, podía llegar a estarlo. Frente a ese escenario, el criadero nació con la misión de conservar y reproducir al lagarto en condiciones controladas”, explica la investigadora.
Treinta y cinco años después, el contexto es diferente. El valor del cuero cayó a nivel mundial y, con él, la presión de caza. “Por suerte, hoy las poblaciones naturales se han reestablecido. La demanda bajó y eso ayudó a reducir la extracción de la naturaleza”, afirma García Valdez. Pero lejos de perder relevancia, el criadero se transformó en un laboratorio vivo para la investigación aplicada, la formación de profesionales y la difusión de buenas prácticas en el manejo de fauna silvestre.
El trabajo del equipo comenzó desde cero. “Cuando empezamos no había certezas sobre reproducción, dieta o adaptación al cautiverio. Tuvimos que aprender de los animales: observar, ajustar instalaciones, diseñar refugios y definir protocolos de alimentación y manejo reproductivo”, relata la especialista. El proceso incluyó el diseño de corrales y nidales específicos, acordes al bienestar animal, así como el desarrollo de dietas adecuadas. “La bibliografía los describía como omnívoros, pero vimos que si les dábamos maíz, por ejemplo, tenían problemas digestivos. Descubrimos que su fisiología responde mejor a una dieta carnívora”, detalla.
Ese aprendizaje derivó en soluciones creativas: “Dar de comer a un carnívoro no es barato, pero desarrollamos una dieta basada en subproductos de otras industrias —cabezas y patas de pollo— ajustada con proteínas, que se prepara como una especie de hamburguesa. Así logramos una alimentación sustentable y eficiente”.
El criadero alberga hasta 200 ejemplares y ha permitido descubrir particularidades sorprendentes del Salvator merianae. “Es uno de los pocos reptiles con comportamiento materno: las hembras arman nidos, cuidan los huevos y los incuban durante 70 días. Aprendimos de ellas y hoy logramos incubaciones artificiales muy exitosas”, comenta García Valdez.
Además del trabajo científico, el criadero cumple un rol formativo esencial. “Somos universidad. Formamos profesionales e investigadores. Hoy el criadero funciona como un aula laboratorio donde los estudiantes aprenden sobre bienestar animal, sanidad y manejo responsable de reptiles”, sostiene. Este enfoque aplicado se complementa con tareas de extensión. En los últimos años, el equipo brindó capacitaciones a bomberos, guardaparques y personal civil sobre identificación, sujeción y reglamentación de fauna silvestre. “Las poblaciones naturales se recuperaron y es común que los lagartos aparezcan en zonas suburbanas. Queremos que las primeras líneas de respuesta actúen con conocimiento, sin improvisar”, destaca.
El reconocimiento al trabajo de la FAZyV ha traspasado fronteras. “Nos visitaron decanos de facultades de veterinaria de todo el país porque no hay otro criadero como el nuestro. También recibimos investigadores de Brasil, Estados Unidos y jóvenes veterinarios que vienen a hacer prácticas. Es un modelo único”, afirma con orgullo.
García Valdez explica que medir el impacto del criadero en la conservación no se traduce en un número, pero sí en conocimiento acumulado. “Este proyecto generó un salto de calidad en el estudio aplicado de estos animales. De aquí surgieron tesis doctorales, trabajos de grado y becas de investigación. Producimos ciencia que se transfiere y forma personas”, remarca.
Para la docente, la clave está en la investigación aplicada. “Nos permite acortar la distancia entre el laboratorio, el criadero y el aula. Diseñamos dietas o protocolos en papel, pero recién cuando los probamos en condiciones reales sabemos si funcionan. Eso nos da evidencia para mejorar el bienestar animal y tomar decisiones basadas en conocimiento”, explica.
El impacto también alcanza al entorno institucional. “Transferimos saberes a organismos públicos, capacitamos equipos técnicos y brindamos herramientas a la comunidad. La idea es crecer sobre lo que se sabe realmente”, resume.
Antes de finalizar la entrevista, García Valdez se detiene en una reflexión más amplia sobre el rol de la universidad pública. “Esto que hacemos es parte del compromiso universitario con la sociedad. La universidad pública argentina crea conocimiento, forma personas y mejora la vida de la comunidad. Hoy atravesamos un contexto difícil, con salarios docentes que han caído y presupuestos ajustados, pero seguimos creyendo en una idea simple y poderosa: la educación de calidad es la respuesta a todos los problemas del país. No es un gasto, es defender el futuro”, concluye.
Desde Tucumán, este criadero experimental se consolida así como un ejemplo de ciencia aplicada, compromiso ambiental y educación pública. Un espacio donde conservar, criar y estudiar no son solo verbos, sino una forma concreta de construir conocimiento al servicio de la sociedad.













