El tabaco es una de las producciones históricas del norte argentino y, aunque Tucumán no lidera los volúmenes nacionales como Jujuy o Salta, el cultivo cumple un rol central en la economía de numerosas familias rurales. En su mayoría, se trata de pequeños productores que encuentran en el tabaco una alternativa posible para sostenerse en el campo, generar trabajo familiar y mantener viva una tradición productiva que atraviesa generaciones. La campaña actual, sin embargo, vuelve a poner en evidencia las tensiones estructurales que arrastra la actividad.
“La cosecha ya está en marcha, pero hay mucho tabaco que se está perdiendo en el campo por falta de recursos económicos para poder levantarlo”, advirtió Susana Migles, productora tabacalera tucumana, durante la entrevista. El cuello de botella está claro: la mano de obra necesaria para esta etapa es intensiva y costosa, y muchos productores no cuentan con el capital para afrontarla. “Es un costo muy grande y hoy no todos pueden cubrirlo”, resumió.
En Tucumán se producen principalmente tabaco Burley y Virginia, además de una menor superficie de tabaco criollo. Según explicó Migles, “la mayor cantidad corresponde al Burley, con alrededor de 3.800 a 4.000 hectáreas por año”, mientras que el Virginia ocupa una superficie menor pero con destino a mercados específicos. Cada variedad responde a demandas técnicas y comerciales distintas, lo que obliga a los productores a adaptarse constantemente a los requerimientos de calidad.
La historia personal de Susana refleja la realidad de muchos productores del sector. “Nosotros decidimos dedicarnos al tabaco porque era lo único que nos permitía producir con nuestra propia mano de obra”, contó. En un contexto donde otros cultivos exigen grandes extensiones de tierra y altos niveles de inversión, el tabaco aparece como una opción viable para quienes cuentan con pocas hectáreas. “Para los pequeños productores, esta es prácticamente la única actividad a la que se puede acceder”, afirmó.
Sin embargo, la producción no termina en la cosecha. Luego llega el proceso de curado, empaque y comercialización, una etapa atravesada por la incertidumbre. “Nuestros representantes deberían saber con cuántos compradores vamos a contar en cada campaña, y hoy no tenemos demasiados compradores”, explicó Migles. Cuando la demanda privada no alcanza, gran parte de la producción debe canalizarse a través de la cooperativa, que a su vez necesita respaldo financiero para afrontar el acopio.
La situación se agrava cuando los pagos se retrasan. “Todavía hay productores que no terminaron de cobrar el tabaco de la campaña anterior y ya estamos finalizando el año”, señaló con preocupación. Esta demora impacta directamente en la capacidad de los productores para encarar la nueva campaña y cubrir los costos básicos. “La verdad que tendrían que responder los dirigentes y algún representante del gobierno”, reclamó.
En ese entramado, el Fondo Especial del Tabaco (FET) cumple un papel decisivo. “El productor subsiste gracias al Fondo Especial del Tabaco”, afirmó Migles sin rodeos. El precio que recibe el productor se compone de dos partes: una que se paga en el momento del acopio, acordada con las empresas compradoras, y otra que proviene del FET, financiado a través de los impuestos al paquete de cigarrillos. “Esa segunda parte es fundamental para cerrar los números”, explicó.
Migles recordó además el trabajo realizado en años anteriores para garantizar que esos recursos lleguen de manera directa. “Se trabajó con las siete provincias tabacaleras para modificar un artículo de la ley y lograr que las transferencias del Fondo lleguen automáticamente a cada provincia”, señaló. Sin embargo, en Tucumán persisten los inconvenientes. “Debe haber al menos dos transferencias automáticas que todavía no se entregaron a los productores”, denunció, y agregó que esa falta de recursos está provocando pérdidas concretas en esta campaña.
El impacto de estos retrasos no es solo económico, sino también social. El tabaco sostiene empleo rural, arraigo y actividad en zonas donde las alternativas productivas son escasas. Cada hectárea involucra trabajo familiar y mano de obra local, por lo que cuando el sistema falla, las consecuencias se multiplican. “Se está perdiendo mucho tabaco por falta de recursos”, insistió Migles, marcando la urgencia de una respuesta institucional.
A este escenario se suma otro factor cada vez más presente: el clima. “El cambio climático está afectando mucho a todos los cultivos”, advirtió, señalando que las condiciones ambientales extremas se han vuelto una preocupación constante para los productores. Frente a esa incertidumbre, la planificación se vuelve más compleja y el margen de error, más estrecho.
A pesar de todo, Migles no pierde de vista la importancia de defender la actividad. El pedido es claro: que se cumpla la ley y que los recursos destinados al sector lleguen en tiempo y forma a quienes producen. “Cuando esos fondos llegan, tienen que ser entregados a los productores”, reclamó.
La realidad del tabaco tucumano combina esfuerzo, tradición y una fuerte dependencia de políticas públicas que garanticen previsibilidad. En la voz de Susana Migles se condensa el sentir de muchos productores que, campaña tras campaña, apuestan a seguir en el campo. En un contexto desafiante, el futuro del cultivo dependerá de que esa resiliencia encuentre respaldo concreto para transformarse en sustentabilidad.













