La resistencia bacteriana a múltiples antibióticos se convirtió en uno de los desafíos más complejos del siglo XXI. Aunque suele asociarse al ámbito de la salud humana, el fenómeno atraviesa de lleno a los sistemas productivos agropecuarios, donde durante décadas el uso intensivo de antibióticos y otros compuestos químicos funcionó como una solución rápida, pero no inocua. Hoy, la ciencia advierte que esas prácticas tienen consecuencias que exceden el campo y llegan al ambiente, a los alimentos y, finalmente, a las personas.
En ese cruce entre salud, producción y ambiente trabaja Paulo Maffía, doctor en biotecnología e investigador del CONICET en el Instituto de Biotecnología de la Universidad Nacional de Hurlingham. Desde su laboratorio, estudia alternativas para enfrentar bacterias multirresistentes mediante estrategias que combinan biotecnología, compuestos naturales y una mirada integral del problema. “Dirijo un laboratorio donde hacemos estudios en microbiología buscando alternativas para enfrentar a las bacterias resistentes. Trabajamos con péptidos, fitoterapéuticos, como derivados de cannabis, y con bacterias benéficas para cultivos”, explicó.
La preocupación no es menor. A diferencia de los virus, las bacterias tienen una enorme capacidad de adaptación y transferencia entre distintos organismos y ambientes. “La resistencia se genera principalmente por el uso excesivo de antibióticos. En el área pecuaria, durante años el foco principal fueron los llamados promotores de crecimiento, que en realidad son antibióticos en dosis bajas que se les dan a los animales para que engorden”, señaló Maffía. El problema, advierte, es que esas dosis subóptimas no eliminan a las bacterias, sino que las fortalecen. “Es el protocolo perfecto para crear bacterias resistentes que después pasan al ambiente”.
En Argentina, este tipo de prácticas comenzó a regularse, pero el escenario regional sigue siendo preocupante. En otros países de Latinoamérica, el uso indiscriminado continúa y genera reservorios de resistencia que no reconocen fronteras. Un caso particularmente crítico es el de la industria porcina. “El uso de colistina es un problema gravísimo. Es un antibiótico de última instancia en medicina humana, pero se lo da a los cerdos en el comedero para mejorar la conversión alimenticia”, alertó. Como consecuencia, ya se detectan bacterias resistentes a colistina en pacientes internados en terapias intensivas.
Situaciones similares se repiten en otros sistemas productivos. Maffía mencionó el caso de la reproducción de caballos de polo, donde se realizan lavados intrauterinos frecuentes cargados de antibióticos, y el de las salmoneras en cautiverio, que descargan toneladas de antimicrobianos al mar. “Por eso la Organización Mundial de la Salud habla del concepto de ‘Una Salud’. La salud humana, animal y ambiental están completamente interconectadas”, subrayó.
En ese contexto surge una de las líneas de investigación más novedosas de su equipo: la combinación de cannabidiol (CBD), un compuesto vegetal no psicoactivo, con antibióticos tradicionales. “El CBD ya se usa en humanos para epilepsia refractaria. Sabíamos que tenía efecto antibiótico contra bacterias Gram positivas, pero no contra las Gram negativas, que son las más difíciles de tratar”, explicó. Tras probar distintas combinaciones, el equipo descubrió una sinergia clave. “Con la colistina funciona porque ambos atacan la pared bacteriana. Ese hallazgo después fue refrendado por investigadores en Brasil”.
Más allá del laboratorio, el investigador insiste en la necesidad de cambiar prácticas productivas. “Lo principal es evitar que los antibióticos toquen el medio ambiente. Cuando se ponen en bebederos o comederos, terminan en el suelo y en el agua. La E. coli resistente a colistina aparece probablemente porque el antibiótico termina en las heces de los cerdos y entra en contacto con el ambiente”, explicó. Incluso en la agricultura vegetal existen paralelismos. “Las bacterias también generan resistencia a químicos como el glifosato. De hecho, el gen de resistencia al glifosato que se usa en cultivos se obtuvo de una bacteria encontrada en los caños de salida de una planta industrial”.
De cara a 2026, el equipo de Maffía busca dar un salto en escala y aplicación. “Queremos avanzar hacia ensayos preclínicos o clínicos con la combinación de colistina y CBD para humanos”, adelantó. Al mismo tiempo, profundizan estudios sobre péptidos de origen vegetal que actúan contra fitopatógenos como Xanthomonas campestris, responsable de enfermedades en diversos cultivos. “La idea es usar las propias moléculas de las plantas en lugar de antibióticos tradicionales”, resumió.
La resistencia microbiana no es un problema abstracto ni lejano. Se gesta en decisiones cotidianas del sistema productivo y exige respuestas que integren ciencia, regulación y conciencia. En ese camino, la investigación argentina aporta conocimiento estratégico para pensar un agro más sustentable y una producción que no comprometa la salud del futuro.













