Después de más de una década de trabajo técnico, ensayos a campo y decisiones productivas de alto riesgo, tres nuevas variedades de durazno desarrolladas por el INTA San Pedro comienzan a verse en el mercado.
Tehuelche INTA, Chamamé INTA y Rosalinda INTArepresentan el punto de llegada de un largo proceso de mejoramiento genético que ahora empieza a traducirse en fruta disponible para el consumidor.
La historia de estos cultivares no empieza en la góndola, sino mucho antes, en parcelas experimentales y en la articulación con productores que decidieron apostar por materiales nuevos, adaptados a las condiciones locales y con atributos diferenciales en color, tamaño y momento de cosecha.
DURAZNOS CON IDENTIDAD Y ADAPTACIÓN LOCAL
Las tres selecciones forman parte de un registro de 30 cultivares de duraznero desarrollado por el INTA San Pedro y presentado en 2017.
Los nombres no son casuales: evocan bailes populares, comunidades originarias, ríos y figuras femeninas relevantes de la Argentina, reforzando una identidad nacional en un cultivo históricamente dominado por genética importada.
“En fruticultura, el desarrollo de una variedad hasta su registro demanda al menos 15 años”, explicó Gerardo Sánchez, investigador del INTA San Pedro.
“Hoy la biotecnología permite anticipar comportamientos de la fruta desde su composición molecular, pero aun así, para que una variedad llegue efectivamente al mercado, hacen falta varios años más”, expresó el referente del INTA.
Ese tiempo extra no depende solo de la genética, sino de la adopción productiva: sin productores que implanten los materiales, la innovación no sale del campo experimental.













