La palabra “transgénico” todavía genera ruido. Para algunos, remite a riesgo; para otros, a progreso. En el norte argentino, donde la caña de azúcar y los cítricos sostienen economías regionales enteras, la discusión no es abstracta: se traduce en toneladas, calidad industrial y sanidad vegetal. En ese escenario, el trabajo científico busca respuestas concretas a problemas concretos.
Desde el Instituto de Tecnología Agroindustrial del Noroeste Argentino (ITANOA), unidad de doble dependencia entre el CONICET y la EEAOC, Florencia Budeguer y Micaela Castellano investigan herramientas biotecnológicas aplicadas a cultivos estratégicos. Ambas son jóvenes científicas, formadas en Tucumán, que combinan laboratorio, invernadero y articulación con equipos técnicos para acercar soluciones al productor.

“La biotecnología es una herramienta fundamental para el mejoramiento de los cultivos”, afirma Budeguer, doctora en Ciencias Biológicas y becaria postdoctoral. Su línea de trabajo se enfoca en una de las principales amenazas de la caña de azúcar: Diatraea saccharalis, el barrenador del tallo. “En la sección Biotecnología aportamos soporte al programa de mejoramiento genético de caña, introduciendo características de interés en variedades convencionales, como la resistencia a esta plaga”, explica.
El impacto del insecto no es menor. Se trata de un lepidóptero cuya larva perfora el tallo de la planta y genera galerías internas. “Esos túneles no solo debilitan la estructura, sino que permiten la entrada de microorganismos que deterioran el rendimiento y la calidad industrial”, detalla Budeguer. El resultado: menos azúcar recuperable y mayores pérdidas económicas.
La estrategia que desarrollan en el laboratorio apunta a que la propia planta pueda defenderse. Mediante ingeniería genética, incorporan genes específicos al genoma de la caña para que exprese una proteína insecticida. “Utilizamos un método físico conocido como ‘pistola de genes’, que básicamente dispara el ADN hacia el núcleo de la célula vegetal para que se integre en su genoma”, describe. Una vez logrado, la planta produce una proteína que, al ser ingerida por la larva, la elimina.
El enfoque tiene un objetivo claro: reducir el uso de insecticidas químicos. “Es una alternativa más sustentable y amigable con el ambiente, porque disminuye las aplicaciones en el campo”, señala. Actualmente, el equipo trabaja con la variedad TUC 03-12, ampliamente aceptada por los productores de la región. Sin embargo, el desarrollo aún se encuentra en etapa experimental y deberá atravesar un proceso de desregulación antes de llegar al mercado.
Castellano, licenciada en Biotecnología y becaria doctoral, lleva la conversación hacia otro cultivo clave: los cítricos, en particular el limón tucumano. “En el grupo trabajamos con mejoramiento convencional asistido por marcadores moleculares, ingeniería genética y también bioinsumos. No hay una sola herramienta, sino un conjunto de estrategias que se complementan”, explica.
Su tesis se centra en lograr mayor tolerancia al estrés abiótico -principalmente hídrico y salino- en portainjertos cítricos. “Pensamos especialmente en la producción de limón en Tucumán, donde las condiciones ambientales pueden ser limitantes”, comenta. A diferencia del método físico utilizado en caña, Castellano emplea una herramienta biológica: la bacteria Agrobacterium tumefaciens, capaz de transferir material genético a la planta a través de heridas en fragmentos del tallo.
“Es un sistema muy eficiente para introducir genes de interés”, explica. Para verificar que la transformación fue exitosa, utilizan genes reporteros que generan una tinción azul observable al microscopio. “Eso nos permite identificar rápidamente qué tejidos fueron transformados y avanzar con mayor precisión en el proceso”, agrega.
Una de las estrategias más interesantes del grupo consiste en transformar únicamente el portainjerto -la raíz sobre la cual luego se injerta la copa comercial-. “La idea es que la copa sea convencional, de modo que el fruto final no sea transgénico”, detalla Castellano. Esta decisión técnica también dialoga con la percepción pública y las exigencias de mercado.
En paralelo, el equipo investiga alternativas frente a una amenaza latente: el HLB, enfermedad devastadora para los cítricos y sin cura a nivel mundial. “Trabajamos en prevención y en generar materiales con mayor tolerancia, pensando en evitar su ingreso o mitigar su impacto en Tucumán”, explica.
Ambas investigadoras coinciden en que el camino científico no está exento de obstáculos. “El doctorado tiene momentos de mucha frustración. Hay experimentos que no salen, hipótesis que se reformulan y tiempos que no siempre coinciden con lo que uno imagina”, reconoce Castellano. Sin embargo, la perseverancia y el trabajo en equipo sostienen el proceso.
Budeguer suma otro elemento contemporáneo: la inteligencia artificial. “Hoy utilizamos herramientas de IA para acelerar la búsqueda en bases de datos, identificar genes candidatos y optimizar estrategias. Nos permite ahorrar tiempo y tomar decisiones más informadas”, comenta. Lejos de reemplazar el trabajo humano, la tecnología amplía las capacidades del investigador.
La relación con el sector productivo es otro punto central. “Nuestras líneas de investigación no surgen en el vacío. Responden a necesidades concretas planteadas por un directorio conformado por productores”, subraya Budeguer. Esa articulación asegura que los desarrollos no queden confinados al laboratorio.
El trabajo es multidisciplinario: agrónomos, biotecnólogos, genetistas y especialistas en zoología colaboran para que las soluciones puedan evaluarse en condiciones reales. “La idea es que lo que hacemos tenga impacto directo en el campo”, resume Castellano.
En ese marco, el liderazgo femenino en la ciencia agraria adquiere visibilidad. Ambas destacan la importancia de ocupar espacios en investigación y toma de decisiones. “Cada vez somos más mujeres en laboratorios y en proyectos estratégicos. Eso también transforma la mirada sobre el agro”, coinciden.
La pregunta inicial vuelve a escena: ¿los transgénicos son un peligro o una herramienta clave? Para ellas, la respuesta es clara. “La transgénesis es una herramienta más dentro de la caja. No es buena ni mala en sí misma; depende del uso que se le dé y del problema que se quiera resolver”, afirma Budeguer. Castellano completa: “Frente a desafíos como plagas, estrés climático o enfermedades sin cura, necesitamos todas las herramientas disponibles”.
El desafío, reconocen, también es comunicacional. “Es fundamental generar espacios de difusión donde podamos explicar en términos sencillos qué hacemos y por qué”, sostienen. La palabra “transgénico” no debería generar miedo automático, sino preguntas informadas.
En un contexto de cambio climático, presión de plagas y mercados exigentes, la ciencia aplicada se convierte en aliada estratégica. Desde Tucumán, en laboratorios que combinan tradición productiva y tecnología de punta, se ensayan respuestas para que la caña y los cítricos sigan siendo motores del norte argentino.













