La innovación tecnológica en la frutihorticultura avanza hacia un modelo cada vez más preciso, donde ya no alcanza solamente con aportar nutrientes, sino que se vuelve clave entender cómo y cuándo la planta los utiliza. En ese camino, nuevas herramientas como ATP Pulso y la Nutrición de Alta Frecuencia (NAF) comienzan a posicionarse como alternativas capaces de mejorar la eficiencia productiva, especialmente en regiones como el NOA, donde las condiciones ambientales exigen estrategias más ajustadas.
La propuesta, impulsada por la empresa AcoGra, pone el foco en un concepto central: la energía de la planta como motor de todos los procesos fisiológicos. Así lo explicó Miguel Buffón, referente de la firma, quien anticipó su participación en el Congreso Internacional Frutihortícola Orán 2026, un espacio que reunirá a especialistas de distintos puntos del país y del mundo. “Este enfoque tiene que ver con una diferenciación grande con la nutrición habitual. Estamos trabajando muy fuerte en mejorar la energía de la planta, particularmente sobre el ATP, que es la moneda energética de la planta”, señaló.
A diferencia de los esquemas tradicionales, donde la nutrición se basa principalmente en la reposición de nutrientes en momentos puntuales del ciclo, esta nueva estrategia propone intervenciones más frecuentes y enfocadas en sostener el funcionamiento óptimo del cultivo. “Este enfoque no solamente tiene la reposición de nutrientes, sino que mejora la energía para que la planta realice sus procesos fisiológicos de manera plena”, agregó Buffón.
El planteo responde a una realidad que se repite en distintos sistemas productivos: la genética ha avanzado de manera significativa, logrando cultivos con alto potencial de rendimiento, pero ese potencial no siempre se expresa en el campo. “La gran mayoría de la genética ha logrado niveles muy altos de rendimiento, pero con la nutrición tradicional no es posible llegar a esos máximos. La planta necesita energía suficiente para metabolizar los nutrientes”, explicó.
En este sentido, el rol del fosfato aparece como un componente clave dentro de la estrategia, al estar directamente vinculado con los procesos energéticos. “Mejorar la energía de la planta hace que los resultados sean significativos”, afirmó, dejando en claro que el cambio no pasa solo por cuánto se fertiliza, sino por cómo se optimiza la respuesta fisiológica del cultivo.
Los ensayos realizados en el noroeste argentino muestran resultados alentadores, especialmente en producciones intensivas donde la calidad y el momento de cosecha son determinantes. “Particularmente allí es donde más se destaca. Si aumentamos la frecuencia de nutrición, podemos estabilizar la planta para que esté constantemente al máximo de rendimiento”, sostuvo Buffón.
Entre los cultivos donde se observaron mayores impactos se destacan el limón, la palta, el tomate y el pimiento, todos con fuerte presencia en la matriz productiva regional. En el caso del limón, uno de los emblemas del NOA, los resultados no solo se reflejan en volumen, sino también en tiempos. “Hemos conseguido resultados importantes en kilos, calidad y tiempo de cosecha, adelantándola a veces 20 días o un mes, lo que significa un precio diferente”, detalló.
Este punto resulta especialmente relevante en mercados donde la ventana comercial define gran parte de la rentabilidad. Anticipar la cosecha puede traducirse en mejores precios y mayor competitividad, un factor clave en un contexto económico desafiante para el productor.
Uno de los aspectos más innovadores del sistema es que plantea un cambio en la lógica de manejo. La mayor frecuencia de aplicaciones podría interpretarse como un aumento en el uso de insumos, pero desde AcoGra aclaran que no se trata de eso. “Es importante destacar que mayor frecuencia no significa más cantidad de producto, sino equilibrio nutricional”, explicó Buffón. En muchos casos, los desequilibrios generados por condiciones climáticas variables requieren intervenciones más dinámicas, que pueden realizarse incluso mediante aplicaciones foliares con tecnología como drones.
La adopción de esta tecnología por parte de los productores también ha sido más rápida de lo esperado. Si bien en un primer momento la necesidad de ingresar al lote con mayor frecuencia generaba dudas, la respuesta de los cultivos terminó inclinando la balanza. “Al principio pensé que sería complicado pedirles entrar al campo cada 10 o 15 días cuando antes lo hacían cada uno o tres meses. Pero hoy tengo la certeza de que cada 10 días es mejor que cada 15”, afirmó.
El respaldo de las empresas más grandes del sector, que suelen basar sus decisiones en datos concretos, también fue determinante. “Han visto que la planta responde muy rápido, a los 7 o 10 días de la aplicación. Esto hizo que muchos agricultores la tomaran mucho más rápido de lo que pensaba”, agregó.
Más allá de los resultados productivos, la propuesta también abre una discusión sobre el futuro de la nutrición vegetal y su rol en la seguridad alimentaria. “Se puede mejorar la alimentación a nivel mundial manteniendo los mismos costos; significa más trabajo porque hay que entrar más veces, pero se logra el equilibrio nutricional”, sostuvo Buffón, poniendo el foco en la eficiencia como eje central.
En este contexto, espacios como el Congreso Internacional Frutihortícola Orán 2026 se vuelven clave para compartir experiencias y validar tecnologías. “Es una oportunidad para compartir este proyecto con otros técnicos del mundo e intercambiar opiniones”, destacó.
Con la premisa de que la planta necesita no solo nutrientes, sino también la energía suficiente para utilizarlos, la nutrición de alta frecuencia se posiciona como una herramienta que podría redefinir los sistemas productivos en la frutihorticultura. “La planta necesita 17 nutrientes y toda la energía necesaria. Los sectores frutales y hortícolas son los que más pagan por calidad y mejora de rendimientos”, concluyó Buffón, marcando el rumbo de una tendencia que ya empieza a ganar terreno en los campos del norte argentino.













