En un contexto donde la competitividad ya no depende exclusivamente de la calidad del producto, el agro argentino enfrenta un nuevo desafío: adaptarse a las reglas de un comercio internacional cada vez más exigente, dinámico y complejo. La posibilidad de exportar ya no se define solo en el campo o en la industria, sino en una estructura mucho más amplia que incluye certificaciones, logística, financiamiento y, sobre todo, decisiones estratégicas bien tomadas.
En ese escenario, la posición del productor argentino sigue siendo valorada. “Argentina tiene una calidad extraordinaria de productos agropecuarios y eso le permite mantener un lugar de privilegio en mercados como Europa”, explica Silvia Notte. Sin embargo, aclara que ese diferencial ya no alcanza por sí solo: “Hoy la competencia es muy grande y todos los países están jugando fuerte. La calidad es el punto de partida, pero después entran en juego otros factores como certificaciones, costos y volumen”.
Uno de los puntos centrales es entender que exportar no es un proceso lineal ni automático. Incluso cuando una empresa ya tiene identificado un comprador en el exterior, eso no garantiza el éxito. “Tener el destino ayuda, porque el comprador puede agilizar ciertas gestiones, pero la empresa tiene que tener toda su estructura armada previamente. No se puede improvisar”, sostiene Notte. En ese sentido, menciona el caso de los alimentos, donde las exigencias son particularmente altas. “Europa, por ejemplo, es muy rigurosa con las certificaciones. En productos como la miel, contar con normas como la ISO 22000 no solo es un requisito, sino que también posiciona y da credibilidad”.
A diferencia de otros momentos, el contexto actual presenta algunas ventajas operativas. Los procesos administrativos se han simplificado y digitalizado, lo que permite mayor agilidad. “Antes era todo papel, lento y propenso a errores. Hoy el sistema es digital y el feedback con los organismos es mucho más rápido, en 24 o 48 horas podés tener respuestas”, explica. Esta transformación reduce costos y tiempos, facilitando el acceso de más empresas al comercio exterior.
Sin embargo, los principales obstáculos no siempre son visibles. Muchas veces, el problema está en lo que no se ve o no se planifica. “Un error en comercio exterior es carísimo. Puede ser un contrato mal hecho, un problema logístico o un detalle administrativo que te haga perder un embarque”, advierte. Y agrega: “Si llegás al puerto y te falta un papel, perdés el barco. Eso implica costos adicionales y, peor aún, una mala imagen frente al comprador internacional”.
La logística es otro de los grandes desafíos, especialmente para regiones alejadas de los puertos. “Ha habido momentos en los que transportar un camión desde el norte argentino hasta Buenos Aires costaba lo mismo que enviarlo en barco a China”, señala. Frente a esta realidad, la estrategia pasa por optimizar recursos: “Trabajamos en consolidar cargas y buscar alternativas logísticas que permitan reducir costos, sobre todo en zonas donde el sistema ferroviario no está desarrollado”.
En paralelo, las exigencias de los mercados también evolucionan. Hoy, los compradores internacionales no solo buscan calidad, sino también previsibilidad. “En Europa lo que más valoran es el precio competitivo y la continuidad. No quieren operaciones aisladas, sino relaciones comerciales estables en el tiempo”, explica Notte. Esto implica que las empresas deben pensar en el largo plazo y en la capacidad de sostener volúmenes y estándares de manera constante.
A la hora de definir mercados, no hay una única estrategia. “Depende mucho del tamaño y la capacidad de la empresa”, afirma. Para algunas, el Mercosur puede ser un primer paso lógico, una especie de entrenamiento. Para otras, el salto directo a mercados más exigentes también es posible. “Muchas empresas creen que exportar es algo extremadamente complejo, pero en realidad es un proceso estratégico. Con asesoramiento adecuado, es totalmente viable”.
En ese punto, aparece uno de los principales problemas estructurales: la falta de información y el temor a dar el paso. “Hay una enorme demanda internacional por productos argentinos. En Europa hay interés real en hacer negocios, pero muchas empresas no avanzan por miedo o desconocimiento”, sostiene. Y resume con claridad: “Exportar no es algo inaccesible. El problema es no animarse o no buscar asesoramiento”.
Finalmente, Notte pone el foco en lo que considera el mayor riesgo de todos: la falta de consulta. “El principal error es no preguntar. Ese es el riesgo invisible que termina generando los problemas más grandes”. En un negocio donde cada detalle cuenta, la diferencia entre competir o quedar afuera muchas veces se define antes de que el producto salga del país.













