El manejo de malezas atraviesa una transformación profunda en los sistemas productivos argentinos. Lo que durante años se resolvió con aplicaciones puntuales y decisiones reactivas, hoy exige un enfoque estratégico, anticipado y cada vez más preciso. En barbechos y cultivos de invierno, este cambio de paradigma se vuelve especialmente evidente, impulsado por el avance de especies problemáticas y la creciente resistencia a herbicidas.

“La problemática de malezas dejó de ser un problema con soluciones reactivas. Hoy hay que ser más estratégicos”, explicó Gustavo Barbero, responsable de desarrollo para la zona BAN de Adama. Desde su experiencia en la zona núcleo y el norte de Buenos Aires, el especialista advirtió que el escenario actual obliga a planificar con mayor profundidad cada intervención.
El contexto no es menor. Malezas como el raigrás (Lolium) y la rama negra (Conyza) se consolidaron como dos de los principales dolores de cabeza para los productores. “Existen más de 6 millones de hectáreas con problemas de Lolium, y la provincia de Buenos Aires concentra el 75% de esa superficie”, detalló Barbero. En el caso de Conyza, la expansión es aún mayor: “Se encuentra en todo el territorio del país, con más de 25 millones de hectáreas afectadas”.
Uno de los aspectos más complejos de estas especies es su dinámica de emergencia. “Presentan nacimientos escalonados, lo que implica un problema en distintos momentos del ciclo productivo”, explicó. Este comportamiento es justamente el que deja obsoletas las respuestas aisladas. “Una aplicación puntual nos puede sacar de un problema en un momento, pero no alcanza. Tenemos que pensar en estrategias a lo largo de todo el ciclo”, remarcó.
En ese sentido, el concepto de programa de herbicidas cobra centralidad. Ya no se trata de elegir un producto, sino de diseñar una secuencia de intervenciones que contemple el lote, el cultivo y la biología de las malezas. “Dejamos de hablar de productos individuales para hablar de estrategias de uso”, sintetizó el especialista.
Dentro de este esquema, los barbechos largos, especialmente en planteos que apuntan a soja, adquieren un rol clave. “Son fundamentales para llegar a la siembra con mejor disponibilidad de agua y menor presión de malezas”, indicó Barbero. El objetivo es claro: reducir al máximo la competencia antes de implantar el cultivo.
En ese camino, los herbicidas residuales se posicionan como una herramienta indispensable. “El efecto residual es muy importante porque te permite anticiparte al problema. Buscamos no tener nacimientos, porque cuando la maleza ya está, el control se complica”, explicó. Mantener el lote limpio durante el mayor tiempo posible es, según el técnico, uno de los pilares del manejo actual.

Pero el desafío no se limita a los barbechos. En cultivos de invierno como el trigo, el momento de la implantación resulta determinante. “El trigo compite muy bien, pero no en las primeras etapas. Es fundamental instalar el cultivo con un lote limpio”, señaló Barbero. Esa ventana inicial es crítica para definir el potencial de rendimiento.
Para lograrlo, la estrategia debe incluir tratamientos de preemergencia que eviten la aparición de malezas en los primeros estadios. “La idea es evitar nacimientos en esa etapa sensible y darle al cultivo una ventaja competitiva”, explicó. A partir de allí, el manejo puede complementarse con aplicaciones específicas según la evolución del lote.
Otro punto clave es la combinación de modos de acción. En un escenario donde la resistencia ya es una realidad instalada, repetir esquemas se traduce en pérdida de eficacia. “Buscamos combinar distintos modos de acción para evitar o retrasar la resistencia”, afirmó Barbero.
Sin embargo, incluso con una estrategia bien diseñada, hay factores que pueden comprometer los resultados. Entre los errores más frecuentes, el especialista destacó el manejo de los tiempos. “Muchas veces se erra en el momento de la aplicación o se trabaja con malezas demasiado grandes. Ahí empezamos a correr desde atrás y el control se vuelve mucho más difícil”, advirtió.
Las condiciones ambientales y las limitaciones operativas también juegan su papel. Retrasos por falta de maquinaria o por cuestiones climáticas pueden desarticular una estrategia planificada, generando costos adicionales y menor eficiencia. “Llegar tarde cuesta caro”, resumió.
En un contexto donde los márgenes son cada vez más ajustados, la eficiencia en el uso de insumos se vuelve determinante. Cada aplicación debe estar justificada y alineada con un objetivo claro dentro del sistema.“La planificación es primordial. Tenemos que ir a un sistema integral que combine herramientas y modos de acción”, insistió Barbero.
El mensaje es contundente: el manejo de malezas ya no admite improvisaciones. La complejidad del escenario actual obliga a profesionalizar las decisiones y a trabajar con una mirada de largo plazo. En ese camino, el conocimiento del lote, el monitoreo permanente y el asesoramiento técnico son aliados indispensables.
“Hoy más que nunca necesitamos anticiparnos. Si logramos eso, vamos a tener mejores resultados y sistemas más sustentables”, concluyó Barbero.













