El robo en el campo es una realidad silenciosa que golpea con fuerza a productores de distintas regiones del país. Aunque muchas veces no trasciende, su impacto va mucho más allá de la pérdida económica inmediata: altera la lógica productiva, deteriora la calidad de los alimentos y pone en riesgo el desarrollo de nuevas actividades. En Tucumán, la producción de palta se convirtió en uno de los casos más representativos de esta problemática.
“Me avisaron que habían robado en el campo y tuve que dejar todo e ir a la finca. Estas cosas no son casos aislados, la realidad es que suceden todo el tiempo”, relató el ingeniero agrónomo y productor Álvaro Blasco, quien recientemente decidió visibilizar la situación tras sufrir un nuevo hecho de inseguridad en su establecimiento.
El testimonio refleja una sensación compartida por muchos productores: el robo ya no es una excepción, sino una variable más dentro del sistema productivo. “Cuando llegás al campo y ves que falta fruta, sabés que no es solamente eso. Es todo el tiempo, la inversión, el riesgo y el trabajo de todos los días para llegar a esa cosecha”, explicó Blasco.
En el caso de la palta, el problema adquiere una dimensión aún mayor por las características propias del cultivo. Se trata de un fruto climatérico, lo que significa que puede completar su maduración una vez cosechado, siempre que haya alcanzado el punto adecuado en la planta. Pero cuando es robado antes de tiempo, ese proceso se ve afectado. “Como lo cosechan antes de que llegue al punto de madurez, no madura bien. Entonces pierde el productor, pierde el que compra y se termina dañando toda la actividad”, advirtió.
Las consecuencias se extienden a lo largo de toda la cadena. El productor pierde ingresos, el consumidor accede a un producto de menor calidad y el Estado deja de recaudar. “Al final del día, es una cadena. Todos terminan pagando el costo”, sintetizó. A esto se suma un daño más difícil de revertir: la pérdida de confianza en el producto local. “Después alguien compra una palta que no madura bien y dice ‘la palta tucumana no funciona’. Y no es así, es un producto cosechado fuera de época”, explicó.
Frente a este escenario, muchos productores comienzan a modificar sus decisiones. “Esto te cambia la forma de producir. Pasás de un esquema propositivo, de crecer, a uno defensivo”, sostuvo Blasco. Entre las estrategias más frecuentes aparece la cosecha anticipada para evitar robos, aun sabiendo que eso puede afectar la calidad. “Algunos salen a liquidar la producción lo antes posible. Es el famoso ‘mejor pájaro en mano que cien volando’”, graficó.
El problema no es nuevo. “Hace más de 10 años que trabajo con palta y la inseguridad es el gran talón de Aquiles de la actividad”, afirmó. Incluso por encima de otras dificultades estructurales como los costos o la logística, la seguridad aparece como la principal preocupación. “Si tuviese que elegir una problemática, no diría que son los impuestos ni la logística. Es la inseguridad”, remarcó.
En términos de prevención, las herramientas disponibles son limitadas y, en muchos casos, dependen de la inversión individual de cada productor. “Nosotros tenemos cámaras, mantenemos los alambrados, cada uno arma su estrategia”, explicó. Sin embargo, estas medidas no alcanzan frente a un fenómeno extendido y organizado.
En paralelo, existen mecanismos formales para la comercialización de la fruta, como el Documento de Tránsito Vegetal electrónico (DTV) y los certificados de materia seca, que garantizan que la palta fue cosechada en condiciones adecuadas. Pero incluso estos sistemas presentan debilidades. “El productor necesita un certificado que indica que la fruta va a madurar bien. El problema es cómo se toma esa muestra y cómo se garantiza que corresponde a la fruta que se está vendiendo”, señaló.
Blasco planteó la necesidad de avanzar en controles más rigurosos y en una estandarización de los procesos. “Si queremos decir que la palta tucumana siempre es de calidad, tenemos que asegurar que se coseche en el momento correcto y que los controles sean reales”, afirmó. Y agregó: “La palta importada funciona porque estandarizan todo el proceso. Tenemos que apuntar a eso”.
Más allá de las herramientas técnicas, el productor hizo hincapié en la importancia de abordar el problema desde una mirada integral. “No es solo quejarse por el robo, es proponer soluciones”, sostuvo. En ese sentido, planteó la necesidad de generar espacios de trabajo conjunto entre el sector público y privado. “Tiene que haber una mesa entre el gobierno, el Ministerio de Seguridad y los organismos productivos si realmente queremos fomentar la inversión”, indicó.
También apeló a la responsabilidad del consumidor, quien muchas veces, sin saberlo, forma parte de la cadena que sostiene este circuito informal. “Cuando compramos en un semáforo o en lugares no habilitados, estamos alimentando esto. Hay que preguntarse de dónde viene lo que consumimos”, señaló.
En ese contexto, la organización colectiva aparece como una herramienta clave. “Creo mucho en agruparse, en trabajar con los vecinos, en generar redes. A uno le roban palta, a otro limón, a otro naranja. Es un problema de todos”, afirmó. Y concluyó con un mensaje claro: “Hay que visibilizarlo, no quedarse callado. Si no ponemos esto en agenda, es muy difícil que cambie”. El desafío es grande. En una provincia que busca diversificar su matriz productiva, garantizar condiciones básicas de seguridad se vuelve indispensable. Porque, como advierte Blasco, producir no debería implicar resistir.













