En un contexto donde la sanidad vegetal y la calidad del material de propagación se vuelven determinantes para sostener la competitividad de la citricultura, la posibilidad de acceder a diagnósticos confiables y certificados adquiere un valor central. En ese camino, el trabajo de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres vuelve a posicionarse como un pilar clave para el desarrollo del sector en el NOA, a partir de un servicio que, aunque no es nuevo, cobra renovada importancia: el diagnóstico de plantas madre semilleras.
Para entender su impacto, primero es necesario comprender el rol que cumplen estas plantas dentro del sistema productivo. “La planta madre semillera es la que, por sus características genéticas y sanitarias, está en condiciones de proveer semillas fiscalizadas de portainjertos cítricos”, explicó la ingeniera Julia Figueroa, especialista de la EEAOC, en diálogo con Suena a Campo. Este punto no es menor, ya que en Argentina existe la obligatoriedad de trabajar con material fiscalizado, lo que convierte a estas plantas en la base de toda la cadena citrícola.
El servicio de diagnóstico, que la Estación Experimental brinda cada año, se presenta como una herramienta fundamental para los viveristas. “El viverista tiene dos opciones: adquirir semilla fiscalizada del centro de saneamiento o realizar los diagnósticos a su propia planta madre semillera para autoabastecerse”, detalló Figueroa. Esta segunda alternativa permite mayor autonomía, pero exige cumplir con estrictos controles sanitarios.
El foco del diagnóstico está puesto en un grupo específico de enfermedades conocidas como sorosis, que tienen la particularidad de poder transmitirse por semilla. “A diferencia de la mayoría de los virus, en este caso existe la posibilidad de transmisión, por lo que el viverista debe asegurarse de que su planta no esté contaminada”, advirtió la especialista.
El riesgo de no detectar estas enfermedades a tiempo puede ser alto y, sobre todo, silencioso. “Las enfermedades causadas por virus y viroides afectan la longevidad y la productividad de la quinta cítrica, pero el problema es que se manifiestan a los 8 o 10 años”, explicó Figueroa. Es decir, cuando el daño ya es significativo y la inversión difícil de recuperar. “Son plantas que una vez detectada la enfermedad tienen que ser arrancadas, lo que implica perder años de trabajo”, agregó.
A diferencia de otros análisis sanitarios que pueden resolverse en laboratorio en pocos días, este diagnóstico requiere un proceso mucho más largo y complejo. “Se realiza en invernadero, con condiciones controladas, inoculando plantas indicadoras que muestran síntomas. Por eso necesitamos entre 8 y 10 meses para dar garantías”, señaló. Esta particularidad limita la capacidad de realizar el servicio, ya que requiere infraestructura específica. En el caso del NOA, el centro de saneamiento de la EEAOC es el único habilitado para llevarlo adelante.
El proceso también implica una articulación institucional clave. Los viveros interesados deben estar registrados y realizar la solicitud a través del Instituto Nacional de Semillas, organismo que se encarga de verificar los requisitos y tomar las muestras oficiales. “No es una muestra tomada por el productor, sino por un organismo oficial, lo que garantiza transparencia en el proceso”, aclaró Figueroa.
Una vez completado el diagnóstico, el viverista accede a un certificado que le permite incorporar esa planta al sistema oficial. “Con ese resultado puede inscribirla y durante ocho años cosechar semilla fiscalizada”, explicó. Cumplido ese plazo, deberá renovar el análisis para continuar dentro del esquema.
El rol de la EEAOC en este entramado es estratégico. “El centro de saneamiento es el único que provee yemas fiscalizadas, semillas y este tipo de diagnósticos en la región”, destacó Figueroa. Su trabajo no solo impacta en la calidad del material vegetal, sino que se traduce en sistemas productivos más eficientes y sustentables.
En un escenario donde la citricultura enfrenta desafíos sanitarios crecientes, este tipo de herramientas se vuelven indispensables. “Esto que hacemos es lo mismo que se aplica en países líderes como Sudáfrica, España o Estados Unidos. Hay una convicción absoluta de que se debe partir de material sano”, afirmó la ingeniera.
Además, el factor tiempo juega un papel clave. El diagnóstico solo puede iniciarse en una ventana específica del año. “Se comienza en mayo, porque necesitamos condiciones de temperatura adecuadas. Si no se llega a tiempo, hay que esperar al año siguiente”, advirtió. Esto obliga a los viveristas a planificar con anticipación, tanto para nuevas incorporaciones como para renovaciones.
En definitiva, detrás de cada planta cítrica productiva hay un proceso largo, técnico y muchas veces invisible. La sanidad no empieza en el campo, sino mucho antes, en la elección del material de propagación. Y en ese punto, iniciativas como este servicio de diagnóstico marcan la diferencia entre producir con incertidumbre o con respaldo técnico.
“La base de una citricultura sustentable está en la calidad genética y sanitaria del material con el que se trabaja”, resumió Figueroa. Una afirmación que, aunque suene técnica, define el presente y el futuro de una de las economías regionales más importantes del país.













