Después de varios años marcados por restricciones comerciales, dificultades cambiarias y una fuerte caída en los volúmenes exportados, la industria molinera argentina comienza a encontrar señales alentadoras. Uno de los datos que más sorprendió en los últimos meses fue la recuperación de las exportaciones de harina de trigo hacia Bolivia, un mercado históricamente importante para el sector que vuelve a ganar protagonismo gracias a una mayor formalización del comercio bilateral.
El fenómeno no sólo representa una buena noticia para los molinos argentinos, sino también para toda la cadena triguera, ya que agrega valor a la producción nacional y permite exportar un producto industrializado en lugar de vender únicamente materia prima.
Para comprender el alcance de este cambio y las perspectivas que abre para el sector, Suena a Campo dialogó con el economista y consultor Eduardo Robinson, quien analizó las razones que explican el crecimiento de las exportaciones y el nuevo escenario que enfrenta la agroindustria argentina.
Según explicó Robinson, la recuperación del mercado boliviano responde principalmente a una normalización de los canales comerciales y a una mayor transparencia en las operaciones. «Lo que estamos viendo es una recuperación del comercio formal entre ambos países. Eso permite que la harina argentina vuelva a ocupar un lugar importante en Bolivia, un destino que históricamente fue muy relevante para nuestros molinos», sostuvo.
Durante los últimos años, distintos factores habían afectado el intercambio comercial. Las restricciones económicas, las dificultades para acceder a divisas y los cambios en las condiciones de importación generaron un escenario complejo para las exportaciones argentinas. Sin embargo, el contexto comenzó a modificarse y hoy los molinos vuelven a encontrar oportunidades para colocar su producción.
Para Robinson, esta mejora tiene un valor estratégico porque la harina representa un producto con mayor valor agregado respecto del trigo. «Siempre es mejor exportar harina que exportar solamente el grano. Detrás de la molienda hay trabajo, inversión industrial, empleo y desarrollo de toda una cadena productiva», afirmó.
El especialista explicó que el crecimiento de la molienda destinada a la exportación también beneficia a los productores trigueros, ya que fortalece la demanda interna de materia prima y genera un círculo virtuoso para toda la actividad.
A diferencia de otros productos agroindustriales, la harina requiere procesos industriales, logística especializada y un importante trabajo de calidad para responder a las exigencias de los mercados internacionales.
En ese sentido, Robinson destacó que Argentina posee una industria molinera con amplia trayectoria y capacidad para abastecer tanto el mercado interno como diferentes destinos de exportación. «Tenemos una industria muy competitiva, con molinos que trabajan con altos estándares de calidad. Cuando aparecen oportunidades comerciales como esta, el sector responde rápidamente», explicó.
No obstante, el economista advirtió que el escenario internacional continúa siendo muy competitivo y que el crecimiento alcanzado deberá sostenerse mediante políticas que favorezcan la inversión y la apertura de nuevos mercados. «La exportación nunca puede depender de un solo comprador. Bolivia es importante, pero Argentina necesita seguir diversificando destinos para reducir riesgos y consolidar su presencia internacional», señaló.
En este contexto, Robinson considera que América Latina continúa ofreciendo oportunidades interesantes para la harina argentina debido a la cercanía geográfica, los menores costos logísticos y las relaciones comerciales ya establecidas.
Además, recordó que muchos países de la región presentan déficits en su producción de trigo o de harina, lo que genera una demanda permanente de productos provenientes de Argentina.
El especialista también remarcó la importancia de trabajar sobre la competitividad de toda la cadena.
«No alcanza solamente con producir bien. También hacen falta reglas claras, previsibilidad y condiciones que permitan competir con otros exportadores del mundo», indicó.
Otro aspecto que destacó Robinson es el impacto positivo que tiene la formalización del comercio. «Cuando el comercio se desarrolla por los canales formales, todos ganan. Ganan las empresas, gana el Estado y también los consumidores porque se genera mayor transparencia y previsibilidad», afirmó.
Si bien el repunte actual resulta alentador, Robinson considera que todavía existen desafíos estructurales que deberán abordarse para sostener el crecimiento.
Entre ellos mencionó la necesidad de mejorar la infraestructura logística, reducir costos operativos y continuar fortaleciendo la competitividad industrial. «La cadena tiene potencial para crecer mucho más. Argentina dispone de materia prima de excelente calidad y de una industria molinera con capacidad instalada. El desafío pasa por generar un contexto que permita aprovechar plenamente esas ventajas», explicó.
En paralelo, destacó que la demanda internacional de alimentos continúa mostrando buenas perspectivas, especialmente en regiones donde el crecimiento poblacional incrementa las necesidades de abastecimiento.
«El mundo sigue necesitando alimentos. La clave está en que Argentina pueda posicionarse no sólo como exportador de commodities, sino también como proveedor de productos con mayor elaboración», afirmó.
Para Robinson, el crecimiento de las exportaciones de harina constituye una señal positiva porque demuestra que existen oportunidades concretas para avanzar en esa dirección. «Cada vez que logramos vender un producto industrializado estamos generando más empleo, más inversión y más desarrollo dentro del país», resumió.
La recuperación del mercado boliviano representa, entonces, mucho más que un aumento en las estadísticas comerciales. Refleja la posibilidad de fortalecer una industria que agrega valor al trigo argentino y que puede convertirse en un actor clave dentro de la estrategia exportadora nacional.
Aunque el contexto internacional continúa planteando desafíos, la mejora observada durante los últimos meses ofrece una señal alentadora para la cadena triguera. La combinación entre mayor formalización comercial, apertura de mercados y capacidad industrial vuelve a colocar a la harina argentina en una posición expectante, con el desafío de transformar esta recuperación en una tendencia sostenida para los próximos años.













