El seguimiento del comportamiento de la chicharrita del maíz (Dalbulus maidis) se ha convertido en una herramienta clave para productores de todo el país, en especial en regiones como el NOA, donde las condiciones climáticas favorecen su desarrollo. En ese marco, la red de monitoreo impulsada por CREA NOA, la Estación Experimental Obispo Colombres, el INTA, AAPPCE, Aapresid, Aacrea, el Conicet y Unnoba y con el financiamiento de Maizar, se ha consolidado como un aporte fundamental al manejo de esta plaga que tanto impacto ha generado en las últimas campañas. El Ing. Lucas Cazado, uno de los referentes técnicos de CREA, compartió la experiencia de este primer año de trabajo y los aprendizajes que dejó.
“La verdad que estamos muy contentos de este trabajo que se ha hecho con mucho esfuerzo entre distintas entidades e instituciones. La red logró registrar datos de 450 sitios del país y permitió entender mejor la dinámica poblacional de este insecto vector”, señaló Cazado. Según explicó, el objetivo principal es generar información confiable y en tiempo real para que el productor tenga herramientas al momento de decidir la siembra de maíz. “Brinda seguridad para la toma de decisiones y ayuda a repensar estrategias de manejo”, destacó.
La distribución de la plaga, si bien es amplia, no afecta a todas las regiones del mismo modo. “Lo que estamos viendo es que las zonas NOA y NEA son endémicas, ya se conocía por antecedentes bibliográficos. En cambio, en el centro y sur del país, el insecto puede estar presente, pero no con niveles significativos. La temperatura es un factor determinante en el crecimiento de las poblaciones”, explicó. En este sentido, detalló que el ambiente cálido del norte favorece su proliferación, aunque la campaña pasada dejó aprendizajes sobre cómo gestionar esas poblaciones.
“Se ha aprendido a trabajar con poblaciones bajas y a respetar las ventanas de siembra del maíz. Además, las condiciones ambientales, como las heladas fuertes de julio y agosto del año pasado, fueron clave para reducir la presencia del vector”, agregó. Las bajas temperaturas no solo afectan directamente a la chicharrita, sino también al maíz voluntario, que muchas veces nace tras la cosecha. “Estos maíces espontáneos son alimento y hospedaje para el insecto. Por eso es fundamental minimizar las pérdidas en cosecha para evitar que se transformen en una fuente de infestación”, advirtió.
Respecto al ciclo de vida del insecto, Cazado detalló que puede desarrollar entre cinco y seis generaciones anuales, dependiendo de las condiciones ambientales. “El período más crítico del maíz es desde su nacimiento hasta la etapa V8 o V9. Si durante ese tiempo el insecto portador de la enfermedad se alimenta del cultivo, transfiere el virus, que luego se manifiesta más adelante”, dijo. En la campaña 23/24, las altas temperaturas registradas en marzo aceleraron la manifestación de síntomas. “Fue uno de los marzos más calurosos registrados, y eso favoreció la multiplicación del fitoplasma dentro de la planta, provocando daños severos en el llenado del grano”, explicó.
Las pérdidas de rendimiento pueden ser devastadoras. “En la campaña pasada hubo casos donde el impacto fue del 100%. Productores de zonas como Graneros tuvieron que rolar sus lotes en febrero por ser totalmente improductivos”, recordó. El daño puede ser directo, por la alimentación del insecto, o indirecto, por la transmisión del molicute o fitoplasma, que afectan los haces vasculares de la planta.
En cuanto a la susceptibilidad, Cazado indicó que todos los híbridos de maíz son vulnerables, aunque algunos presentan mayor tolerancia. “La genética puede ayudar, pero si hay mucha presión del insecto, incluso los híbridos tolerantes pueden infectarse. Por eso no hay cultivo exento de esta problemática”, sostuvo. Además, explicó que si bien este año no se observaron diferencias claras entre germoplasmas, en la campaña anterior sí se detectaron algunos con mejor respuesta. “Los semilleros están trabajando para ofrecer híbridos más tolerantes y productivos, porque el productor necesita kilos de maíz; su rentabilidad está muy ajustada”, remarcó.
Sobre las herramientas de control, confirmó que existen productos fitosanitarios tanto químicos como biológicos. “Hay algunos registrados en SENASA que han mostrado eficacia, sobre todo cuando se trabaja con poblaciones bajas, de 0,2 a 0,4 chicharritas por planta. Cuando ya estamos en 3 a 5, el control se vuelve errático”, explicó. También señaló que, debido al ciclo continuo del insecto, controlar los adultos no es suficiente, ya que las ninfas siguen su desarrollo bajo las hojas y reinician el ciclo. “La clave es mantener poblaciones bajas para tener eficacia en el manejo”, apuntó. Además, destacó que algunos productos biológicos están en evaluación, y que el enfoque debe ser combinado. “No es químico o biológico. Es químico y biológico, y hay que consultar a un profesional para armar un plan fitosanitario adecuado”, aconsejó.
El monitoreo constante y la difusión de la información son pilares del proyecto. “Cada quince días salimos con informes de las trampas distribuidas en el país, haciendo análisis y recomendaciones. Es un trabajo de mucho esfuerzo, pero creemos que ha sido exitoso y útil para el productor”, sostuvo. Agradeció también el compromiso de quienes colaboran: “Los productores que nos abren las tranqueras y patrullan las trampas son parte fundamental del sistema”.
Respecto a la rotación de cultivos, aclaró que no es una solución directa para erradicar la plaga. “La chicharrita es migratoria, así que puede aparecer aunque no siembres maíz un año. Pero el maíz sigue siendo fundamental en nuestros sistemas productivos, sobre todo por su rol en el manejo de otras plagas como el picudo negro en soja. Por eso tenemos que cuidarlo”, concluyó.
Con la red de monitoreo lista para iniciar su segundo año, el objetivo sigue siendo claro: generar conocimiento, anticipar riesgos y fortalecer el manejo regional de una de las plagas más desafiantes del maíz en Argentina.













