La frutilla tucumana atraviesa un momento clave. A un cultivo históricamente asociado a genética importada hoy se le suma un hito largamente esperado: el desarrollo de las primeras variedades argentinas, pensadas y mejoradas en función de los ambientes locales. Detrás de este avance hay años de trabajo técnico y científico que comienzan a dar resultados concretos en el campo. Así lo explica el ingeniero agrónomo Javier Rovira, referente del INTA Famaillá, quien participó activamente del seguimiento de estos materiales en la campaña 2025.
“El sector frutillero viene usando desde hace décadas genética de Estados Unidos o de España, que dominan el mercado internacional. Desde hace cinco o seis años, investigadores tucumanos como Daniel Kirschbaum y Gabriel Vellicce vienen desarrollando un programa de mejoramiento genético propio”, señaló Rovira. Este año, ese trabajo dio un salto cualitativo cuando tres clones experimentales se evaluaron no solo en Tucumán, sino también en Coronda, San Pedro y Mar del Plata, cubriendo distintas regiones productivas del país.
Los resultados fueron alentadores. “Nosotros desde la Agencia INTA Lules hicimos un ensayo en sustrato y la verdad que estamos muy contentos con el rendimiento”, afirmó. Entre los materiales evaluados, dos se destacaron claramente: los clones identificados como 7 y 13, que actualmente transitan el proceso de inscripción ante el INASE. “La 13 es una variedad precoz, temprana, y la 7 es muy productiva, con resistencia a algunas enfermedades de suelo y una calidad de fruta poscosecha muy buena”, detalló Rovira.
El impacto de este avance excede lo estrictamente productivo. En términos económicos, el desarrollo de genética local puede generar un cambio profundo. “En Argentina hay unas 2.000 hectáreas de frutilla y se utilizan alrededor de 100 millones de plantines por año”, explicó. Contar con variedades nacionales implica que esos recursos “queden en el sistema científico-tecnológico argentino”, fortaleciendo la investigación pública y reduciendo la dependencia externa.
Además, la adaptación ambiental es una ventaja clave. “No hay que esperar a ver cómo reaccionan estas variedades a nuestro clima: fueron mejoradas acá, en Tucumán. Eso ya nos da una tranquilidad enorme”, sostuvo Rovira. La posibilidad de contar con materiales pensados desde su origen para las condiciones locales permite ganar estabilidad productiva y reducir riesgos.
Al hacer un balance de la campaña 2025, Rovira destacó un buen desempeño agronómico. “Productivamente fue una buena campaña: no hubo grandes problemas climáticos, ni heladas ni lluvias excesivas como el año pasado”, señaló. Sin embargo, reconoció que el contexto económico sigue siendo un desafío. “Los precios estuvieron un poco bajos en general para la horticultura y fruticultura, pero eso ya depende de cuestiones macroeconómicas y de mercado que exceden al productor”.
De cara al 2026, el sector aparece bien posicionado desde lo tecnológico. “Los productores frutilleros tucumanos incorporaron muchísima tecnología. Este año hubo fuertes inversiones en macrotúneles y en variedades de punta”, explicó Rovira. Desde INTA, además, se están evaluando sistemas de cultivo en sustrato elevado, una alternativa que permitiría reducir problemas sanitarios de suelo, mejorar la calidad de cosecha y avanzar hacia esquemas productivos más estables en el tiempo.
Aun así, el mercado sigue siendo una variable determinante. “Argentina exporta alrededor del 50% de lo que produce, y la formación de precios no depende solo del productor local”, advirtió. En ese contexto, factores internacionales como eventos climáticos en Europa pueden abrir oportunidades para el hemisferio sur, aunque siempre con cierto grado de incertidumbre.
Otro de los grandes hitos que se proyectan para el sector es la Expohortícola 2026, que llegará con importantes novedades. “Por demanda de los productores, la Expo va a pasar a ser Expo Frutiortícola, incorporando frutales, citrus y cultivos tropicales y subtropicales”, adelantó Rovira. El evento crecerá en escala y alcance regional, con participación de provincias del NOA y empresas de peso a nivel nacional.
Además, habrá un fuerte componente educativo. “Vamos a incorporar a las escuelas agrotécnicas y técnicas como participantes activos, no solo como visitantes, con concursos y presentaciones”, explicó. La idea es generar un espacio que no solo muestre tecnología y producción, sino que también fomente la formación de las nuevas generaciones vinculadas al agro.
El desarrollo de frutillas con genética tucumana marca, así, un punto de inflexión. No solo por lo que representa en términos de soberanía tecnológica, sino porque demuestra que la articulación entre ciencia, productores e instituciones puede traducirse en resultados concretos. Como resume Rovira, “tecnológicamente estamos a la altura de cualquier país; ahora el desafío es consolidar este camino y sostenerlo en el tiempo”.













