Cuando se habla de la producción agropecuaria de Tucumán, la primera imagen suele estar asociada a la caña de azúcar, el limón o los arándanos. Sin embargo, al oeste de la provincia, en los Valles Calchaquíes, existe otra actividad que desde hace décadas crece silenciosamente y gana reconocimiento: la vitivinicultura de altura.
En Colalao del Valle, una de las familias pioneras en esta producción continúa escribiendo una historia que comenzó hace más de cien años. Baltazar Chico Zossi, integrante de la cuarta generación de vitivinicultores, mantiene vivo el legado iniciado por sus antepasados y hoy lidera una bodega que combina tradición, innovación y una fuerte identidad territorial.
«Mi bisabuelo empezó con la primera bodega de Tucumán a principios de 1900. Esa bodega funcionó hasta 1965, después hubo un impasse. Más adelante mi padre volvió a plantar viñedos y en 1998 retomó la elaboración con la marca Chico Zossi«, recordó.
La historia de la familia refleja también la evolución de la vitivinicultura tucumana. Durante muchos años la producción de uvas se destinó a otras bodegas de la región, hasta que decidieron dar un paso más y comenzar a elaborar sus propios vinos.
«Empezamos produciendo apenas 3.000 litros de Torrontés y actualmente estamos elaborando alrededor de 35.000 litros anuales entre Torrontés y Malbec«, explicó Baltazar.
Ese crecimiento fue acompañado por un mayor reconocimiento de los vinos tucumanos, aunque todavía persiste cierto desconocimiento sobre la producción vitivinícola de la provincia.
«Muchos se sorprenden porque no relacionan a Tucumán con el Valle Calchaquí. Incluso algunos tucumanos asocian la provincia solamente con la caña de azúcar o el limón, que son cultivos de clima húmedo. Pero cuando uno atraviesa Tafí del Valle y baja hacia Amaicha cambia completamente el paisaje. Ahí aparece un clima árido, ideal para la vitivinicultura«, sostuvo.
Las condiciones ambientales son uno de los grandes diferenciales de esta región. Las precipitaciones anuales apenas alcanzan entre 200 y 300 milímetros, concentradas principalmente durante el verano, lo que permite desarrollar un cultivo con excelentes condiciones sanitarias.
«La altura define el terroir y le da una tipicidad distinta a nuestros vinos. Además, al tratarse de un clima seco y árido, el uso de agroquímicos es muy bajo y eso nos permite trabajar de la manera más natural posible. La amplitud térmica y la exposición solar hacen que una uva sana tenga un enorme potencial para elaborar grandes vinos«, destacó.
La pasión por el trabajo aparece como uno de los pilares que permitió sostener el proyecto familiar a lo largo del tiempo. Mantener una empresa durante cuatro generaciones no resulta sencillo, especialmente en una actividad donde el clima puede modificar completamente una campaña.
«No es fácil trabajar en familia, pero lo hacemos con mucha pasión y mucha dedicación. Eso es lo que nos mantiene unidos y permite que cada uno encuentre su rol dentro del proyecto«, afirmó.
Como ocurre con cualquier producción agropecuaria, la vitivinicultura también enfrenta riesgos permanentes.
«El campo es así. Dependemos de factores externos como las heladas o el granizo, que nos van moldeando. Hoy además los precios para el productor son bastante bajos y por eso siempre hay que buscar el valor agregado. Esa fue una de las razones por las que en 1998 decidimos comenzar a elaborar nuestros propios vinos«, explicó.
Actualmente la bodega trabaja principalmente con dos variedades.
Por un lado, el tradicional Torrontés, cultivado en aproximadamente tres hectáreas bajo sistema de parral. A partir de esta variedad elaboran distintas líneas que incluyen un vino base para espumantes, un Torrontés seco y también vinos dulces tardíos.
«En los tardíos dejamos sobremadurar la uva durante un mes o un mes y medio más para lograr otra expresión del vino«, comentó.
La otra gran protagonista es la variedad Malbec, implantada bajo un sistema de conducción vertical que permite controlar mejor la exposición solar.
«Con el Malbec elaboramos un vino joven, más frutado, y también nuestros vinos reserva con estacionamiento en barricas de roble francés y americano. Nuestra línea Primer tiene ocho meses de barrica y el Gran Reserva permanece catorce meses antes de salir al mercado. Actualmente estamos comercializando la cosecha 2021«, detalló.
El desarrollo comercial constituye hoy uno de los principales desafíos para la empresa.
Si bien el manejo agronómico continúa perfeccionándose año tras año, Baltazar reconoce que posicionar una marca en un mercado cada vez más competitivo requiere un esfuerzo constante.
«Hoy el desafío está concentrado en la parte comercial. Los cultivos uno los va optimizando permanentemente, pero lograr posicionarse en el mercado es lo que muchas veces cuesta más«, señaló.
Gran parte de la comercialización se realiza dentro de Tucumán, donde la bodega viene fortaleciendo su presencia mediante acuerdos con restaurantes, vinotecas y espacios de degustación.
«Trabajamos principalmente en Tucumán. También realizamos degustaciones en Colalao del Valle y Cafayate para que quienes nos visitan puedan conocer toda nuestra línea de vinos«, indicó.
El enoturismo también ocupa un lugar importante dentro del proyecto. La bodega recibe visitantes durante todo el año y ofrece degustaciones permanentes tanto en Colalao del Valle como en Cafayate.
«Estamos abiertos todo el año. La gente puede visitarnos, recorrer la bodega, degustar nuestros vinos y conocer de cerca cómo trabajamos. Hoy estamos comercializando la cosecha 2026 de nuestros blancos y vinos tardíos«, explicó.
Con más de un siglo de historia familiar, la Bodega Chico Zossi representa el crecimiento de una actividad que sigue consolidándose en los Valles Calchaquíes tucumanos. Allí, donde la altura, el clima y la pasión se combinan en cada cosecha, una nueva generación continúa demostrando que Tucumán también tiene un lugar destacado en el mapa de los grandes vinos argentinos.













