Las perspectivas de un año marcado por el fenómeno El Niño generan expectativas positivas para la campaña fina, con un escenario de mayor disponibilidad hídrica que podría traducirse en mejores rindes de trigo y cebada. Sin embargo, ese mismo contexto también plantea un desafío sanitario de gran magnitud. La combinación de lluvias frecuentes, humedad elevada y temperaturas favorables crea el ambiente ideal para el desarrollo de enfermedades foliares, por lo que el monitoreo y las decisiones tempranas serán determinantes.
Así lo explicó Soledad Ciolli, ingeniera agrónoma y responsable de Desarrollo Técnico de Mercado de ADAMA para el sudeste y sudoeste de Buenos Aires, quien advirtió que los productores deberán adoptar una actitud mucho más proactiva que en campañas anteriores.
«Esperamos un año lluvioso y sabemos que con el aumento de las lluvias aumenta la humedad, se genera un ambiente ideal y predisponente para el desarrollo de los hongos. Las tasas de infección suelen ser más cortas y puede haber una aparición temprana de enfermedades, tanto en trigo como en cebada», señaló.
La especialista explicó que la mayor disponibilidad de agua tiene un doble efecto. Por un lado, incrementa el potencial productivo de los cultivos, pero, al mismo tiempo, favorece la permanencia de humedad dentro del canopeo, prolongando las horas de mojado foliar, condición indispensable para la germinación de las esporas.
«Tenemos un potencial de rendimiento mayor, pero abajo del canopeo queda todo mojado y esas horas de mojado foliar son las que predisponen a la aparición de enfermedades. Por eso hay que monitorear los cultivos desde temprano y no esperar un estado fenológico determinado para comenzar a pensar en la aplicación de fungicidas», remarcó.
Ciolli insistió en que la lluvia no es el único factor que debe seguirse de cerca. También influyen el rocío, las temperaturas máximas y mínimas y la presencia de inóculo en el rastrojo, especialmente en aquellas enfermedades capaces de sobrevivir entre campañas.
«No solamente tenemos que pararnos en las lluvias. Hay que tener una visión holística del cultivo porque las temperaturas determinarán qué enfermedad aparecerá primero y el inóculo presente en el lote también juega un papel muy importante», explicó.
Entre las principales amenazas para el trigo, la ingeniera destacó las royas y las manchas foliares. Sobre las primeras, alertó por la velocidad con la que pueden expandirse.
«Cuando detectamos las primeras pústulas de roya, a la semana puede haber explotado en todo el lote. Las manchas, por su parte, destruyen tejidos y también comprometen el rendimiento. Por eso debemos proteger las hojas bandera y las inmediatamente inferiores para evitar pérdidas en el peso de los granos», indicó.
En este contexto, desde ADAMA recomiendan iniciar las estrategias de protección apenas aparecen los primeros síntomas. Para la primera aplicación en trigo, la empresa posiciona Maxentis, una combinación de azoxistrobina y protioconazol.
«La azoxistrobina aporta acción preventiva y efecto verde, mientras que el protioconazol brinda control curativo. Habitualmente se utiliza alrededor del estadio Z31, pero este año el monitoreo será mucho más importante que el calendario. La aplicación debe hacerse cuando aparecen los primeros síntomas», sostuvo.
En regiones de alto potencial productivo, como el sur bonaerense, donde suelen realizarse dos aplicaciones, la estrategia continúa con Coverf, que incorpora una carboxamida para extender la protección durante el llenado de granos.
«La incorporación de una carboxamida también permite rotar mecanismos de acción y preservar la eficacia de los fungicidas. La rotación de familias químicas es fundamental para reducir riesgos de resistencia», explicó.
Respecto de la cebada, Ciolli recordó que el principal desafío sanitario está asociado a enfermedades necrotróficas y a la ramularia, una enfermedad que permanece oculta durante buena parte del ciclo.
«La ramularia es endófita, no la vemos hasta que la cebada entra en floración, por eso debe controlarse preventivamente. Además, como la cebada tiene un ciclo más corto y una senescencia acelerada, es necesario actuar temprano para blindar las hojas y proteger el rendimiento», afirmó.
Más allá de las herramientas disponibles, la especialista volvió a poner el foco en la planificación anticipada como principal diferencial para esta campaña.
«Tenemos que ser proactivos. Presupuestar temprano los fungicidas, elegir los productos adecuados, rotar mecanismos de acción, estratificar los lotes según el riesgo y realizar monitoreos frecuentes. El objetivo es que el cultivo llegue al período crítico completamente limpio y sin estrés para aprovechar todo el potencial de rendimiento que puede ofrecer un año tan lluvioso», concluyó.













