En Tucumán, la frutilla no solo es un cultivo emblemático, sino también un motor económico para cientos de familias productoras. Sin embargo, los desafíos del cambio climático, la presión urbana sobre tierras fértiles y los problemas sanitarios del suelo han llevado a buscar alternativas que permitan sostener la competitividad del sector. En este escenario, la semi-hidroponía aparece como una tecnología con futuro.
El ingeniero Javier Rovira, referente del INTA en Famaillá, lo explica con claridad: “Hay dos o tres factores que impulsan esta técnica. Uno tiene que ver con el cambio climático, con eventos extremos de calor o heladas fuera de época que en los últimos años hicieron terminar la campaña antes de tiempo. Otro punto clave es el deterioro de los suelos tras décadas de horticultura intensiva. Y a esto se suma la expansión urbana, que avanza sobre tierras productivas y deja menos superficie disponible”.
Frente a este escenario, el INTA viene probando junto a productores el cultivo de frutilla en semi-hidroponía. Se trata de un sistema en el que las plantas se desarrollan en sustratos —mezclas de turba, compost y perlita— contenidos en macetas o bolsas elevadas a la altura de la cintura. Este detalle no es menor: “El trabajador ya no pasa el día agachado, lo cual reduce enormemente los problemas de espalda que son comunes en quienes se dedican años a la frutilla. Es un cambio ergonómico fundamental”, destaca Rovira.
Pero las ventajas no se limitan al aspecto laboral. El sustrato esterilizado evita arrancar de suelos con presencia de hongos y bacterias, reduciendo así las enfermedades de origen radicular. “Partimos de un suelo limpio, libre de patógenos. Esa es una ventaja enorme, porque además nos permite trabajar sin necesidad de desinfectar con productos tóxicos, como se hacía antes con bromuro de metilo o sus sucedáneos”, añade el ingeniero.
En cuanto a las variedades, el abanico es amplio. “Hoy estamos trabajando con San Andreas, que es una planta de día neutro, refloreciente, que da fruta temprana cuando más valor tiene y vuelve a dar al final de la primavera. También probamos variedades españolas y tres nuevas que está sacando el INTA, las primeras frutillas totalmente argentinas”, detalla Rovira. En total, hay ensayos con unas quince variedades, lo que abre la posibilidad de ajustar la técnica a diferentes perfiles de mercado.
Uno de los puntos fuertes que entusiasma a productores y técnicos es la calidad de la fruta. La ausencia de contacto directo con el suelo o el plástico disminuye el riesgo de pudriciones y mejora la ventilación. “Es una fruta que está colgando, menos expuesta al agua estancada, al polvo o a la tierra. Eso se traduce en mayor vida poscosecha. El consumidor lo percibe: se la lleva a su casa y le dura dos días más que una frutilla convencional. En la logística comercial, esa diferencia es clave”, resalta Rovira.
Los estudios que se realizan en conjunto con investigadores de INTA Famaillá incluyen mediciones de firmeza, grados Brix, acidez, fenoles y capacidad antioxidante. Aunque aún no se publicaron resultados finales, las observaciones preliminares muestran un desempeño positivo. “Es una fruta de mejor calidad poscosecha, y todo indica que con buena capacidad antioxidante, aunque falta confirmarlo científicamente”, apunta.
Otro aspecto relevante es el manejo sanitario. Al trabajar en sustrato y con plantas elevadas, se disminuye la incidencia de enfermedades como botritis o podredumbre húmeda. Además, la ventilación extra reduce la humedad acumulada, lo que también limita el desarrollo de plagas. “Hoy no estamos empleando productos de síntesis fitosanitaria. Trabajamos con aceites naturales y extractos vegetales, lo que representa una mejora en términos ambientales y de seguridad para los trabajadores”, explica Rovira.
La gran pregunta es si esta tecnología puede permitir tener frutillas todo el año en Tucumán. Rovira no duda: “Sí, es posible. Ese es el desafío. Lo complejo es pasar el verano, con temperaturas muy altas. Pero al poder manejar la densidad de plantas por superficie y darles sombra parcial, creemos que se puede llegar. La idea es producir hasta diciembre y en marzo volver a tener fruta. Eso significa casi todo el año con frutillas”.
El impacto económico de una mayor continuidad en la oferta sería considerable. “Hoy la frutilla se termina en diciembre y recién vuelve en mayo o junio. Lograr que el productor tenga ingresos más constantes durante todo el año sería un cambio enorme”, sostiene el ingeniero.
Las pruebas en curso incluyen un lote demostrativo con 10.000 plantas bajo semi-hidroponía, al que se sumará un sistema de media sombra para evaluar el comportamiento en los meses más calurosos. “Si conseguimos que las plantas resistan el verano tucumano, habremos dado un paso decisivo”, asegura Rovira.
En un contexto donde los consumidores demandan alimentos más saludables, con menor impacto ambiental y mejor calidad, la semi-hidroponía en frutilla aparece como una oportunidad estratégica para Tucumán. “Estamos probando, innovando y validando lo que en otros países ya funciona. La frutilla tiene mucho para dar y la semi-hidroponía puede ser el camino para sostener la producción, cuidar a los trabajadores y ofrecer una fruta de excelencia”, concluye el ingeniero.













