La ganadería argentina atraviesa una transformación que no se ve a simple vista en los rodeos, pero sí en las mangas, en los celulares de los productores y en los registros que dejan huella digital. Ignacio Arribillaga, técnico especializado en adopción de tecnologías para la gestión ganadera, lo vive todos los días al trabajar con productores de Córdoba y del NOA. Para él, la digitalización no es una moda: es la base de un nuevo paradigma productivo. “A partir del primero de enero el SENASA hizo obligatorio el uso del binomio electrónico, la caravana electrónica para identificar a los animales. Desde ahí empieza la digitalización del rodeo”, explica. Ese pequeño dispositivo, que en apariencia solo reemplaza a una caravana tradicional, abre una puerta enorme al mundo de los datos.
Según Arribillaga, lo digital comienza en lo básico: identificar un animal sin errores. Pero se expande rápidamente a una batería de información que antes era difícil de registrar. “Con una caravana electrónica y un bastón lector podemos llevar registros de peso al nacimiento, al destete, ganancia media diaria, conversiones alimenticias y estado reproductivo”, describe. Lo que antes implicaba leer etiquetas a mano, anotar en un papel y luego pasarlo a una computadora -con el riesgo de equivocarse en cualquier etapa- hoy se hace en segundos y sin intermediarios. Para Arribillaga, eso soluciona uno de los grandes problemas de la actividad: el tiempo que demanda cada manejo. “Antes, para trabajar en la manga tenía que haber una persona que leyera la caravana, otra que tomara el dato y otra que lo registrara. Eso es desgaste para el equipo y para el animal”, señala. Con la digitalización, ese proceso se simplifica y se reduce el estrés del rodeo. “Con solo leer la caravana y registrar en una tablet o celular, nos salteamos toda una cadena de posibles errores”, resume.
La pregunta que surge es obvia: ¿qué valor tiene toda esa información para el productor? Arribillaga lo sintetiza así: “Los datos que podemos tomar son infinitos”, pero lo importante es que se transformen en decisiones. En su trabajo diario, observa cómo la adopción de estas herramientas permite anticipar problemas que antes se detectaban tarde: desde una vaca vacía, una pérdida de días útiles de servicio o un ternero que dejó de ganar peso, hasta una falla en un manejo sanitario. “El registro digital nos permite saber si un antibiótico se aplicó correctamente o si un lote tuvo un problema de ganancia. Eso antes no se veía tan fácilmente”, afirma. Uno de los ejemplos más claros tiene que ver con la simple pesabilidad del rodeo: identificar animales que estancan su crecimiento. “Ver cuándo un animal deja de ganar lo esperado cambia la forma de trabajar. Podemos decidir si lo movemos, si lo vendemos o si el problema está en la alimentación”, explica.
Para muchos productores, sin embargo, la transición no es inmediata. La cultura del “ojo del dueño” sigue siendo fuerte, pero la percepción está cambiando. “A todos nos cuesta un poco los cambios, pero el productor se ha ido familiarizando mucho. La apertura es otra”, asegura Arribillaga. Los números concretos -sin interpretaciones, sin subjetividades- comienzan a generar confianza. Y el ahorro de tiempo, también. “Se obtienen datos mucho más precisos, con un margen de error muchísimo más bajo y acortando los tiempos de trabajo”, agrega.
Uno de los temas inevitables en cualquier conversación sobre tecnología rural es la conectividad. ¿Qué pasa en los campos donde no hay señal? Allí también, Arribillaga aporta claridad. “Hoy la conectividad ha avanzado muchísimo, pero igual no es un impedimento. La mayoría de los bastones y sistemas de gestión no necesitan internet para trabajar”, detalla. Los datos pueden cargarse offline y sincronizarse cuando haya acceso a una red, lo que permite que la digitalización avance incluso en zonas más aisladas.
La Inteligencia Artificial, una palabra que atraviesa todas las actividades humanas, también empieza a asomar en la ganadería. “La IA llega a todos los niveles y tiene injerencia en la producción, pero aún queda mucho por recorrer”, aclara el técnico. El primer paso, insiste, es la adopción de sistemas de gestión que organicen los datos y permitan convertirlos en alertas concretas. “Son herramientas que capitalizan la información y la transforman en medidas de trabajo diario. Ese es el avance que primero tiene que dar el productor”, sostiene.
¿Cuál será la próxima gran revolución? Para Arribillaga, la respuesta está, justamente, en la unión entre las caravanas electrónicas y los sistemas de gestión avanzados. “Creo que esos sistemas van a modificar y hacer crecer exponencialmente al ganado. Desde controlar el uso de antibióticos hasta determinar si la vaca se preñó cuando debía, todo eso será cada vez más automático”, proyecta.
Respecto al comportamiento regional, Arribillaga observa similitudes entre Córdoba y el NOA. “El norte tiene un desarrollo grande y mucho potencial. Ya está trabajando muy parejo con otras regiones”, afirma, destacando que la globalización y la mejor conectividad nivelan el acceso al conocimiento y las herramientas.
Hacia el final, Arribillaga resume lo que para él representa esta transición: una profesionalización creciente del manejo diario. “Quitar el error humano, registrar de forma electrónica y evitar el papel ha ayudado muchísimo. Profesionaliza la producción”, concluye.













