En el corazón de la Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC), donde tradición y ciencia se entrelazan para sostener a la citricultura tucumana, trabaja la ingeniera agrónoma Verónica Ledesma, una de las investigadoras que dedica sus días a mejorar la genética de los cítricos que terminarán en los campos del norte argentino. Su tarea es tan silenciosa como determinante: combina cruzamientos convencionales, marcadores moleculares, biotecnología y trabajo sanitario para garantizar que el productor reciba plantas sanas, resistentes y con identidad genética asegurada. “Si lo tengo que contar en pocas palabras, sería la obtención de variedades con características mejoradas, haciendo énfasis en la resistencia incrementada a enfermedades”, resume al inicio de la charla, aunque rápidamente reconoce que detrás de esa frase se esconde “un abanico enorme de posibilidades”.
Ledesma realizó su tesis doctoral en cítricos, un trabajo que la llevó a internarse en la complejidad de la biotecnología aplicada al mejoramiento. Además, aclara que en la EEAOC también se sigue apostando a los cruzamientos convencionales, una técnica clásica pero laboriosa. “El proceso de cruzamiento es largo y complejo”, explica Ledesma. Todo comienza con la elección de progenitores: materiales femeninos seleccionados por sus características agronómicas y plantas trifoliadas como progenitores masculinos. De estas se obtiene el polen que luego se deposita manualmente en las flores de la planta madre. Es un trabajo artesanal que requiere precisión, paciencia y seguimiento constante. Cada flor polinizada se controla hasta obtener un fruto, luego semillas, y finalmente plántulas en las que se debe confirmar que el híbrido sea sexual. “Cuando vemos las hojas trifoliadas, confirmamos que es un híbrido”, señala. A partir de allí, la planta joven atraviesa un largo proceso de evaluación que puede durar años.
Uno de los rasgos clave para los programas de mejoramiento es la poliembrionía, característica que permite obtener plantas que sean clones genéticos de su progenitora. Ledesma explica con claridad qué implica este fenómeno: “En una semilla tenemos el embrión sexual y los embriones nucelares, que vienen del tejido de la madre. Cuanto mayor es el porcentaje de poliembrionía, mayor es la probabilidad de obtener un clon”. Esta característica es muy valorada en portainjertos porque asegura uniformidad, identidad genética y previsibilidad productiva.
Para acelerar estos procesos, y evitar años de espera hasta que una planta fructifique, el equipo utiliza marcadores moleculares. “Un marcador molecular es una secuencia de ADN asociada a un rasgo agronómico”, explica. En su caso, el rasgo a detectar era justamente la poliembrionía. Con técnicas como la PCR, pueden identificar en etapas muy tempranas si una planta será poliembrionaria. “Nos ahorra muchísimo tiempo y también superficie de implantación”, destaca.
Sin embargo, la genética es solo una parte de la historia. Antes de llegar al vivero y, finalmente, al campo, cada planta debe pasar por un riguroso proceso de certificación sanitaria. Allí interviene el Centro de Saneamiento de la EEAOC, donde se conservan las plantas madres bajo estrictas normas del INASE y del SENASA. “A estas plantas se les hacen análisis constantemente para confirmar que estén sanas y que mantengan su identidad genética”, explica Ledesma. De ese material se obtienen las yemas que luego se multiplican y se distribuyen a los viveristas certificados. Cada vivero genera su propio lote de incremento, del cual surgirán las yemas que permitirán producir plantas terminadas. “Lo importante es contar con material certificado. Eso garantiza no solo sanidad, sino también identidad genética”, remarca.
Para la investigadora, el trabajo silencioso que ocurre en el laboratorio es clave para sostener la citricultura tucumana, una actividad que ocupa miles de hectáreas y genera miles de empleos directos e indirectos. Por eso insiste en la necesidad de que el productor y la sociedad conozcan ese proceso. “Muchos ven una planta sana en el vivero sin imaginar todo el trabajo previo que hay detrás”, señala.
Al cerrar la entrevista, Ledesma deja un mensaje claro sobre el rol de la ciencia en el futuro del citrus. “Para mí, lo fundamental es que todos tengan conciencia de las herramientas que existen y de las líneas de investigación que se están desarrollando”, dice. Y agrega que la articulación entre investigadores y productores será clave para enfrentar los desafíos que vienen: “Tenemos que confluir para afrontar enfermedades como el HLB, que cada vez resuena más en la provincia, y hacerlo de la mejor manera posible”.













