Las plagas continúan siendo uno de los factores de mayor riesgo para la producción de soja en Argentina. Su impacto varía según el clima, el estado del cultivo y, especialmente, la rapidez con la que se detectan. En una campaña como la 2026, marcada por precipitaciones relativamente regulares y sin estrés hídrico generalizado, el escenario cambia y obliga a redoblar la atención sobre insectos y ácaros que pueden multiplicarse rápidamente. Desde el INTA y otras instituciones técnicas insisten en que el monitoreo activo, la rotación de modos de acción y la adopción de planes de Manejo Integrado de Plagas (MIP) son claves para sostener la productividad del cultivo.
Para profundizar sobre este tema, dialogamos con Evangelina Perotti, especialista del INTA Oliveros, quien analizó el panorama sanitario actual y brindó recomendaciones concretas para los productores. “La campaña viene bastante normal, dadas las precipitaciones prácticamente semanales que estamos teniendo”, explicó Perotti, aunque aclaró que existen situaciones puntuales que merecen atención. “En algunas zonas del centro-sur de Santa Fe y norte de Buenos Aires se observa estrés del cultivo, y asociado a eso comienzan a detectarse pequeños focos de ácaros y trips”.
Según la técnica, estas plagas hoy son las que más preocupan, no tanto por su presencia generalizada sino por su capacidad de crecer de forma exponencial cuando las condiciones son favorables. “Ante el estrés de las plantas, la calidad nutritiva de las hojas se adecúa a los requerimientos de trips y ácaros, y en cuestión de seis o siete días las poblaciones pueden crecer exponencialmente y transformarse en un problema”, advirtió. Por eso, el seguimiento sistemático de los lotes se vuelve determinante.
Perotti remarcó que el monitoreo no debe ser esporádico ni superficial. “Es fundamental monitorear el estado fenológico del cultivo, porque las plagas están asociadas a determinados estados, y evaluar la presencia de adversidades con métodos adecuados”, señaló. En ese sentido, destacó la importancia de utilizar técnicas de muestreo que permitan estimar densidades poblacionales. “El método nos permite llevar un registro y ver la evolución de las plagas; eso es indispensable para tomar decisiones en función de los umbrales de daño”.
En condiciones normales, la recomendación es realizar monitoreos cada cinco a siete días, aunque ese intervalo puede acortarse si se observa un aumento de las poblaciones o si hay dudas sobre la necesidad de intervenir. “Hay plagas que llamamos silenciosas, como los ácaros y los trips, que son muy pequeñas y difíciles de ver a simple vista”, explicó. En esos casos, la observación indirecta resulta clave: “Hay que mirar el envés de las hojas del estrato inferior y detectar síntomas, como hacemos cuando evaluamos enfermedades”.
Los daños que provocan estas plagas no son menores. Perotti detalló que, al alimentarse, “pican el tejido de la hoja y vacían el contenido celular, lo que reduce la capacidad fotosintética”. Ensayos realizados por el INTA muestran que “un daño leve por trips puede disminuir hasta un 50% la tasa de fotosíntesis del foliolo”, lo que se traduce en una merma directa del rendimiento. “Ningún productor va a tolerar ese nivel de daño”, subrayó.
La decisión de aplicar un control químico no debe tomarse a la ligera ni de forma automática. “Siempre influyen la densidad poblacional, el estado fenológico del cultivo y las condiciones ambientales”, aclaró la especialista. En términos generales, recomendó llegar a floración con un cultivo bien desarrollado y con el entresurco cerrado. “Si el cultivo no cerró el entresurco y ya hay presencia de plagas en el estrato inferior, a veces conviene anticiparse un poco, porque hay menor área foliar y menor capacidad de fotosintetizar”, explicó. En cambio, si el cultivo está en buenas condiciones, el momento clave para proteger es desde floración en adelante, cuidando las hojas superiores que luego aportan al llenado de las vainas.
Más allá de la coyuntura, Perotti insistió en la importancia de la planificación a largo plazo. “El manejo de plagas empieza mucho antes, cuando planificamos la siembra, elegimos el cultivar y definimos la fecha”, afirmó. La rotación de cultivos y la selección de materiales con mayor tolerancia permiten reducir la presión de plagas y escapar a las ventanas de mayor riesgo. “No hay que mirar solo el rendimiento potencial del cultivar, sino también cómo se comporta frente a determinadas adversidades”, agregó.
La especialista también destacó un cambio positivo en la actitud del productor. “Hoy hay mayor conciencia sobre el uso responsable de fitosanitarios”, señaló, aunque reconoció que la logística y la ansiedad pueden jugar en contra. “Cuando hay un seguimiento periódico de los lotes, las plagas no sorprenden. Se puede organizar la logística y manejar las adversidades a lo largo del ciclo del cultivo”, concluyó.
En una campaña donde el clima acompaña, el desafío pasa por no bajar la guardia. El mensaje es claro: monitoreo frecuente, decisiones basadas en umbrales y un enfoque integral siguen siendo las mejores herramientas para proteger el potencial de la soja y evitar pérdidas innecesarias.













