La campaña gruesa 2025–2026 arrancó con una señal de alerta para los productores del NOA. La Estación Experimental Agroindustrial Obispo Colombres (EEAOC) detectó una fuerte dinámica de emergencia de Rhyssomatus subtilis, el picudo negro, en distintas zonas de Tucumán, vinculada directamente a las precipitaciones registradas entre fines de enero y los primeros días de febrero.
En diálogo con Zona Campo, el ingeniero agrónomo Emanuel Cejas Marchi explicó el fenómeno y sus implicancias prácticas. “Desde la estación experimental tenemos ubicados estratégicamente seis monitoreos distribuidos en la región del NOA, porque básicamente Rhyssomatus subtilis es una plaga clave que se presenta todos los años en mayor o menor medida”, señaló.
La particularidad de esta campaña fue el comportamiento climático. “Lo que estamos viendo es que esto es producto de precipitaciones que fueron bastante atípicas para la época del año. Generalmente enero presenta una cierta sequía estival y los principales pulsos de emergencia se dan en febrero y fines de marzo”, detalló. Sin embargo, este año en algunas localidades se superaron los 600 milímetros acumulados, lo que generó una anticipación marcada en la salida de adultos.
“Producto de estas precipitaciones, la emergencia de la plaga sufrió una anticipación y por eso se observaron niveles tan altos”, explicó Cejas Marchi. El dato no es menor: adelantar la emergencia implica modificar el esquema de decisiones en el lote.
Frente a este escenario, el mensaje es claro: reforzar el monitoreo. “Las principales medidas son justamente aumentar los controles”, subrayó el especialista. La recomendación cobra relevancia porque la mayoría de los lotes se encuentran ingresando en la etapa reproductiva inicial, entre R3 y R4, es decir, en formación y plenitud de vainas.
“Tenemos que tratar de aumentar el monitoreo previo a la etapa crítica, que es R5, el llenado de vaina”, indicó. Paradójicamente, la fuerte lluvia también dejó un margen de acción. “Estas precipitaciones nos beneficiaron en algún punto, porque todo el grueso de la plaga que estaba en el suelo emergió y nos permite tener un mayor control previo a esa parte crítica”, explicó.
El picudo negro no es una plaga menor ni circunstancial. “Es una plaga que está presente durante todo el ciclo del cultivo, desde la implantación hasta la senescencia”, recordó Cejas Marchi. Además, tiene una característica que obliga a pensar más allá de la campaña actual: “Tiene un solo ciclo de vida. Lo que no controlemos en esta campaña va a repercutir en la próxima”.
El daño comienza desde etapas tempranas. “Al inicio de la siembra afecta los órganos de reserva, los cotiledones y el brote apical. Eso desencadena un desbalance hormonal en la planta y, si la incidencia es alta, nos afecta el stand de implantación”, detalló. Es decir, puede comprometer la densidad final del cultivo.
Sin embargo, el mayor impacto económico se da en la etapa reproductiva. “En R5, que es lo que más le interesa al productor porque impacta en los rendimientos, el daño es directo e indirecto”, sostuvo. El daño directo se produce cuando la hembra oviposita dentro de la vaina y la larva se alimenta del grano en formación. El indirecto ocurre por las picaduras de prueba, que facilitan el ingreso de patógenos y agua, generando pudriciones y afectando la calidad comercial.
En cuanto a la distribución territorial, la EEAOC cuenta con puestos de monitoreo en distintas zonas, principalmente en Monte Redondo y La Cocha. Sin embargo, el ingeniero relativizó las diferencias agroecológicas como factor determinante. “No es una cuestión territorial, sino de manejo agronómico. Es una plaga que pertenece al lote. Una vez que ingresa, depende del manejo que hagamos”, afirmó.
El ciclo biológico refuerza esta mirada. Las larvas se arrojan al suelo y pasan el invierno en estado de pupa. “Lo que no controlemos este año va a repercutir en el siguiente”, insistió, marcando la importancia de una estrategia sostenida.
Respecto al contexto comparativo, Cejas Marchi recordó que las últimas tres campañas estuvieron atravesadas por sequías importantes. “Eso hizo que se retrasara la ocurrencia de la plaga y coincidiera con la etapa crítica del cultivo, en R5”, explicó. Este año, con lluvias tempranas y abundantes, el escenario cambió.
¿Cuál es entonces la hoja de ruta? El especialista recomienda un manejo previo al cierre del surco, en R3–R4. “Es muy importante hacer un control químico antes del cierre del surco. Se puede utilizar una mezcla entre un piretroide y un neonicotinoide”, indicó. El objetivo es doble: el piretroide reduce rápidamente la población adulta y el neonicotinoide aporta persistencia.
Ya en la etapa crítica, la decisión debe apoyarse estrictamente en el monitoreo. “Los umbrales son muy bajos: estamos hablando de dos adultos por metro lineal previo al llenado de vaina”, precisó. Superado ese nivel, el control se vuelve necesario para evitar pérdidas significativas.
La campaña 2025–2026 se perfila así con un desafío claro, pero también con herramientas disponibles. La detección temprana y la información generada por la red de monitoreo permiten anticiparse. “Lo fundamental es no descuidar el seguimiento del lote”, remarcó Cejas Marchi.
En un contexto productivo donde cada quintal cuenta, la combinación de clima, biología y manejo vuelve a demostrar que la agricultura de precisión no es solo tecnología, sino también información oportuna y decisiones a tiempo. El picudo ya dio señales de su presencia. Ahora, la responsabilidad está en el lote.













