Durante décadas, la imagen del campo estuvo ligada a una conducción masculina casi excluyente. Sin embargo, esa representación comenzó a transformarse de manera sostenida en los últimos años. Lo que antes era un rol silencioso, muchas veces limitado a la administración o al acompañamiento, hoy se convierte en una participación activa en la toma de decisiones estratégicas dentro de las empresas agropecuarias familiares.
Cristina Gallardo Gambetta, integrante de LGB Consultores, lo resume con claridad: “En el mundo agropecuario las mujeres siempre han estado presentes. No es que hoy aparecen, sino que antes ocupaban roles menos visibles, muchas veces vinculados a la administración o al acompañamiento de quienes tomaban las decisiones”.
El cambio, según explica, no radica en la presencia femenina en sí, sino en el lugar que ocupa dentro de la estructura empresarial. “Hoy el gran cambio es que la mujer participa en la planificación estratégica del negocio. Se sienta en la mesa de directorio, toma decisiones y también forma parte del proceso sucesorio, algo que antes era prácticamente automático para los hijos varones”, sostiene.
Este avance no es casual ni aislado. Responde, en gran medida, a transformaciones sociales más amplias que impactan también en el agro. Por un lado, hay un creciente acceso de las mujeres a la formación profesional, tanto en carreras vinculadas directamente al campo, como agronomía, como en áreas de gestión empresarial. Por otro, las propias familias empresarias comienzan a reconocer la importancia de incorporar todas las capacidades disponibles.
“Cada vez hay más mujeres formadas que se integran a los negocios familiares. Y al mismo tiempo, las familias advierten la necesidad de sumar todas las capacidades, no solo las masculinas. Esto representa una gran oportunidad para las mujeres”, explica Gallardo Gambetta.
En este contexto, comienzan a verse cambios concretos en la estructura de las empresas. Ya no se trata únicamente de colaborar o acompañar, sino de liderar. “Hoy empezamos a legitimar formalmente el liderazgo femenino en empresas agropecuarias familiares. Durante mucho tiempo se asumía que el hijo varón era quien heredaba y conducía. Eso está cambiando”, afirma.
La diversidad de miradas aparece entonces como uno de los principales valores que aporta esta transformación. “La incorporación de la mujer trae una mirada distinta, y eso es necesario para que las empresas evolucionen. La diversidad en la toma de decisiones fortalece a las organizaciones”, agrega.
Uno de los ámbitos donde este cambio se vuelve más evidente es en los procesos de sucesión, un punto crítico para la continuidad de las empresas familiares. “Hoy vemos cada vez más hijas participando activamente en estos procesos, incluso liderándolos. Antes era algo impensado”, señala.
Sin embargo, el camino no está exento de desafíos. A pesar de los avances, todavía persisten resistencias culturales, tanto dentro de las familias como en el entorno productivo. “El gran desafío sigue siendo ganar legitimidad, tanto en el sistema familiar como en el ámbito productivo. Durante muchos años, estos espacios estuvieron destinados exclusivamente a los hombres”, advierte.
Para la especialista, una de las claves para superar estas barreras es la profesionalización de las empresas. “Cuando la empresa está profesionalizada, con roles y funciones claramente definidos, este tipo de obstáculos se reduce considerablemente. Se deja de lado la cuestión de género y se prioriza la capacidad”, explica.
En este proceso, también juega un rol fundamental el recambio generacional. Las nuevas generaciones, tanto de hombres como de mujeres, llegan con una mirada diferente, más abierta e innovadora. “La incorporación de las nuevas generaciones trae innovación, nuevas herramientas y una visión más amplia del negocio. Esa innovación, combinada con la experiencia y la sabiduría del pasado, es lo que realmente potencia a las empresas familiares”, sostiene.
Gallardo Gambetta habla desde la experiencia personal además de su rol como consultora. “Yo pertenezco a una empresa familiar agropecuaria por parte de mi madre. En su familia eran siete hermanos, cinco varones y dos mujeres. Durante muchos años, las mujeres no tuvieron participación en la empresa. Recién tiempo después comenzaron a involucrarse en algunas decisiones. Hace 40 años eso era impensado”, recuerda.
Ese recorrido histórico permite dimensionar el cambio cultural que atraviesa al sector. De un modelo rígido, donde los roles estaban claramente definidos por el género, a un esquema más flexible, donde lo que se valora es la capacidad, la formación y la vocación de liderazgo.
No obstante, el proceso aún está en construcción. Para consolidar estos avances, la especialista plantea la necesidad de seguir impulsando cambios culturales profundos. “Es una cuestión de madurez. Que la mujer se anime a involucrarse, a participar en la toma de decisiones y en los espacios de dirección. Eso ya está ocurriendo, pero todavía hay camino por recorrer”, afirma.
En ese sentido, el rol de las consultoras especializadas también cobra relevancia. Desde LGB Consultores, trabajan en la profesionalización de las empresas familiares, abordando no solo aspectos económicos, sino también los vínculos y la gobernanza. “Acompañamos a las familias a ordenar la empresa, definir roles, preparar los procesos de sucesión y, en definitiva, a tomar mejores decisiones. Porque en las empresas familiares no solo se deciden cuestiones económicas, sino también cuestiones vinculares”, explica.
El objetivo final es claro: garantizar la continuidad de las empresas, un desafío clave en Argentina, donde el 89% de las compañías son de carácter familiar. “Hay una alta mortalidad en el traspaso generacional, especialmente en la segunda generación. Por eso es tan importante profesionalizar la empresa y planificar su continuidad”, advierte.
En ese camino, la inclusión de la mujer no solo aparece como una cuestión de equidad, sino como una estrategia inteligente para fortalecer a las organizaciones. La diversidad, la formación y la apertura a nuevas miradas se convierten en factores decisivos para enfrentar los desafíos de un sector en constante transformación.
Como mensaje final, Gallardo Gambetta deja una reflexión que sintetiza el espíritu de este cambio: “A las mujeres les diría que se animen a participar, a involucrarse en la planificación del negocio familiar. Y que se formen, que se capaciten. Hoy ya no se trata del género, sino de la capacidad, la idoneidad y la vocación de liderar”.
El agro, tradicionalmente asociado a estructuras conservadoras, comienza así a reconfigurarse desde adentro. Y en ese proceso, las mujeres dejan de ser una presencia silenciosa para convertirse en protagonistas de las decisiones que definen el futuro del sector.













