El argentino José Muñoz, ligado desde hace décadas a la educación agrotécnica, herramienta estratégica para formar a los jóvenes y fomentar su arraigo en las zonas rurales, fue reconocido como uno de los “Líderes de la Ruralidad” de las Américas por el Instituto Interamericano de Cooperación para la Agricultura (IICA).
El premio, denominado “Alma de la Ruralidad”, es parte de una iniciativa del organismo especializado en desarrollo agropecuario y rural para reconocer a hombres y mujeres que dejan huella y hacen la diferencia en el campo del continente americano, clave para la seguridad alimentaria y nutricional y la sostenibilidad ambiental del planeta.
José Muñoz ha sido director de la Escuela de Agrotécnica de Tinogasta –la misma en la que él estudió-, pequeña ciudad de la provincia de Catamarca, en el noroeste de Argentina. Se trata de una zona árida y de suelos pobres -donde los cultivos crecen bajo riego artificial- alejada de las áreas productivas más importantes del país.
En los últimos años, Muñoz se convirtió en un impulsor de la agricultura orgánica, a la que ve como una manera de aprovechar las prácticas amigables con el ambiente y la utilización de insumos biológicos que ya realizan los agricultores. Hoy en Catamarca se busca que cada vez más agricultores accedan a la certificación de productores orgánicos, como manera de obtener nuevos mercados y también mejores precios.
El Premio Líderes de la Ruralidad es un reconocimiento para quienes cumplen un doble papel irremplazable: ser garantes de la seguridad alimentaria y nutricional y al mismo tiempo guardianes de la biodiversidad del planeta a través de la producción en cualquier circunstancia. El reconocimiento, además, tiene la función de destacar la capacidad de impulsar ejemplos positivos para las zonas rurales de la región.
Un legado para los jóvenes: la pasión por la producción agropecuaria
José Muñoz ingresó como alumno hace más de 40 años a la Escuela Agrotécnica de Tinogasta, en la provincia argentina de Catamarca, al pie de la Cordillera de los Andes, y nunca se quiso ir.
Toda la vida la dedicó a la agricultura y a la educación en esta zona del noroeste del país sudamericano, lejos de las llanuras fértiles de la región pampeana. Se trata de una zona montañosa, de clima seco, que está marcada por la escasez de agua y la pobreza de los suelos.
La enorme mayoría de los productores son agricultores familiares, que trabajan en no más de tres o cuatro hectáreas de tierra en cultivos como el olivo, el membrillo y la vid y la cría de cabras u ovejas. Tinogasta tiene solo 10.000 habitantes.
La producción agrícola depende del riego, que se hace con la captación de agua de los ríos que atraviesan el valle y es distribuida por canales. Los ríos nacen en las altas cumbres cordilleranas y se alimentan del deshielo, por lo que el verano es momento de creciente. En el resto del año el agua escasea, porque casi no llueve.
En un contexto difícil, Muñoz ha formado a generaciones de jóvenes en el amor a la agricultura y la ganadería y en los últimos años se ha convertido en un fuerte impulsor de la producción orgánica, una variante que crece y contribuye a que los agricultores de esta zona obtengan una mejor retribución por su trabajo.
hay que motivar a la gente para que crezca.
Dedicado siempre a la Escuela Agrotécnica, Muñoz habla mucho con los jóvenes. Al menos la mitad, cuando terminan la escuela abandonan Tinogasta, donde no hay universidad para seguir estudiantes. Algunos de ellos ya no retornan. “Yo les digo –cuenta- que se formen y que piensen que trabajar en el agro es estar ligado a la naturaleza y da la posibilidad de brindar servicios a la comunidad. Con la agricultura uno puede tener la gratificación que da sentirse útil a la sociedad. La agricultura da sentido a la vida. Los pequeños productores somos muy importantes, porque aportamos el alimento que hoy muchos están necesitando. La mala distribución es otro problema, pero nuestra responsabilidad es seguir produciendo, para contribuir a que las futuras generaciones tengan alimento en su mesa, aunque a veces el precio que recibimos no sea justo. La agricultura también tiene un valor que no se cotiza en dinero”. (Agronoa)













